Downton Abbey ha sido una ventana a una época pasada, un tiempo plagado de cambios, aunque también está lleno de reliquias y tradiciones obsoletas. A lo largo de sus seis temporadas, la familia Crawley y su casa llena de sirvientes soportaron 14 años turbulentos: la agitación de la Primera Guerra Mundial, el desplome y posterior auge económico que se avecinaba y, sin lugar a dudas, una atmósfera sociopolítica en cambio constante. Sin embargo, los Crawley permanecen consagrados dentro de su gran hogar, de alguna manera logran retener lo mejor de ambos mundos, aunque también tienen una actitud generalmente abierta hacia el cambio.

En uno de los episodios de esta temporada la serie sorprendentemente se vuelve autoconciente: para recaudar fondos, los Crawley deciden abrir las puertas de su casa y recibir pueblerinos que han pagado para ver como vive la familia más rica de Yorkshire. Ese ha sido el éxito de esta serie.

A pesar de haber amado las dos primeras temporadas de downton abbey, disgustarme un poco con la tercera temporada y arrastrar cuesta abajo la cuarta temporada y la quinta, debo confesar que me reconcilié con la serie en esta sexta entrega. No porque sea la mejor, aunque superó a sus dos antecesoras, sino porque a sabiendas de que era la última sabía que la iba a extrañar. Y es que Downton Abbey no es perfecta, contando con una producción de primera su guión es, sin embargo, evidente e indulgente, fue una serie entrañable repleta de buenas intenciones, con mucho corazón y ambientada en una Inglaterra de los 1920 que resulta irresistible.

No es de extrañar que dentro de tres meses aproximadamente estemos viendo su película porque como todo fenómeno televisivo el verdadero “adiós” de la familia Crawley tenía que ser en la pantalla grande; esta temporada fue solo un “hasta luego”.

Downton Abbey: Sinopsis

Downton Abbey sigue la historia de la aristocrática familia Crawley en Yorkshire, Inglaterra así como las andanzas de su personal doméstico.

La última temporada se propone cerrar las historias de todos los personajes a través de ajustarse al futuro y los cambios que están llegando inminentemente con este. Vemos a Cora hacerse un oficio y Robert tratando de aceptar la idea de que su esposa quiera tener un propósito fuera de casa; la viuda Violet se aferra al pasado mientras que su prima Isobel se debate entre la idea de seguir su vida por su cuenta o darle una última oportunidad a Lord Merton; Bates y Anna toman su último ticket a la felicidad mientras que Carson y Hughes aprender a afrontar los golpes de la vida juntos. Otros personajes buscan un futuro profesional algunos abrazando lo único que saben hacer (Barrow), otros abriéndose camino hacia nuevos horizontes (Daisy, Molesley, Andy). Por último las hijas Crawley aprenden a amar nuevamente, Mary prefiriendo los sentimientos sobre el estatus y Edith aprendiendo a que la honestidad es la respuesta a todo. Y Tom, cuestionandose a sí mismo su cariño y su lealtad hacia su familia política.

Un final digno para todos

Como comentaba en mi análisis de la quinta temporada, mi mayor problema con las últimas temporadas de Downton Abbey es que la serie ha renunciado a la idea de tener un conflicto mayor que funcione como el epicentro de todo y ha optado por un puñado de problemas que se van solucionando a medida que van naciendo otros pero en esta temporada tiene sentido. Es -o era- la última vez que veremos a los Crawley y sus sirvientes, tiene sentido que los personajes se enfrenten a un último desafío que además marcará su futuro y su personalidad.

Todos los personajes han tenido un final digno. Y podríamos decir que todos en cuestión han tenido un cierre feliz. Además, da gusto ver como personajes que han sufrido tanto a lo largo de estas seis temporadas finalmente han encontrado plenitud.

Específicamente, el final de la serie recoge los eventos en los meses posteriores al verdadero final de la temporada 6 (este episodio es en realidad el especial de Navidad) en el que Lady Mary finalmente se rindió a la felicidad y aceptó la propuesta de Henry Talbot, pero también donde desató uno de sus actos más rencorosos y muy digno de ella. Este momento nos llevó al final que Edith merecía (junto al protagonismo que debía tener) y nos lleva de vuelta a esa Mary frívola y aguda de la primera temporada. Un gesto que dice mucho del personaje ya que después de revelarse tal como ella es -y siempre ha sido- demuestra que ahora es capaz de reflexionar y arrepentirse si sus acciones acaban siendo malos gestos. Y hablando de Edith, es conmovedor ver como finalmente encuentra el amor y por primera vez en mucho tiempo puedo ser honesta con ella misma y con quienes la rodean.

Mary y Edith no son las únicas mujeres de la familia que enfrentan cambios. Sería ilógico no retratar el cambio de reglas que atraviesa la sociedad a mediados de la década de los veinte dentro de la familia Crawley; por ello, Cora, acostumbrado toda a su vida a ejercer el papel de madre, quiere sentirse útil y qué mejor lugar que fuera de su mansión, en el mundo real; idea que descoloca a Violet, probablemente el personaje con mayor dificultad al momento de afrontar el hecho de que finalmente el pasado ha muerto.

También me parece interesante el camino que ha tomado la vida de los hombres de la casa; Robert, a veces tan retrógrado como su mamá, no tiene otra opción que aceptar que su mujer no le pertenece y que si de verdad la ama debe aceptar que su labor y capacidad está más allá de la condición de esposa o madre.

Sin embargo considero que quienes han tenido mayor oportunidad de lucimiento han sido los empleados domésticos de la abadía Crawley. Carson representa lo improbable e injusta que puede llegar a ser la vida cuando se le diagnostica «la parálisis» (Parkinson); Barrow finalmente ha enmendado sus errores y ha visto que sus esfuerzos han sido recompensados (ahora como mayordomo de la familia) y Daisy y Molesley (ella estudiando, él impartiendo clases) son la muestra de que nunca es tarde para superarse y que los cambios, siempre y cuando sean para bien, no tienen porque ser inoportunos.

El éxito del fenómeno

Una serie ambientada cien años atrás sobre una familia pudiente inglesa y sus sirvientes no parece una fórmula para convertirse en un fenómeno pero lo es. Downton Abbey fue prevista para ser solo una miniserie y acabó teniendo seis temporadas.

¿Su secreto? No fue una serie perfecta pero fue una serie que convirtió sus defectos en sus fortalezas. ¿Qué es una serie excesivamente condescendiente? Sí ¿Qué es una serie MUY inglesa? También ¿Qué es romántica hasta rozar lo cursi? También pero ¿tiene que ser esto malo? Absolutamente no. Downton Abbey se estrenó cuando series como Breaking Bad, The Wire, Broadwalk Empire, Mad Men y Game of Thrones reinaban en la televisión; con una programación cargada de ficciones truculentas, historias sórdidas y repletas de traiciones y mamotretos, el público abrazó la idea de una serie que brindaba únicamente entretenimiento y benevolencia. Y lo digo porque si se estrenase este año seguiría siendo única en su estilo. Incluso abrazó el empoderamiento femenino antes del #metoo.

Que Downton Abbey haya decidido jugar sobre seguro dentro de los límites de su propia historia no significa que haya roto ciertas reglas sobre la cultura televisiva de hoy conocemos. Porque lo hizo.

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