¿Quién iba a pensar que ver una casa llena de aristócratas magníficamente vestidos y sus sirvientes, conviviendo todos bajo el mismo techo sería tan divertido? Downton Abbey, la serie original de ITV, y disponible actualmente en Amazon Prime, se convirtió en un fenómeno que se ha traducido en un retorno a modo de película que llegará a las salas de cine en el último trimestre del año.

En mi plan de ponerme al día con la serie antes del estreno del largometraje, he tenido el placer de ver -y escribir- sobre la primera temporada Downton Abbey, ahora es el turno de hacer lo propio con la segunda

¿De qué trata Downton Abbey?

La serie está ambientada a inicios del siglo pasado; se encarga de ser una ventana para testificar cómo era la vida cotidiana de la aristocracia inglesa de la época y sus empleados. Pero parte del atractivo de Downton Abbey,reside en su tono: un híbrido raro pero efectista entre novela de época, drama familiar y comedia romántica.

Tal como ya recurría en su primera temporada, cuyo argumento central se desprende del hundimiento del Titanic, Downton Abbey aprovecha nuevamente un incidente real para construir una historia completamente ficticia. Esta vez, se vale de la Primera Guerra Mundial y la epidemia de influenza que se esparció posteriormente, para empujar a los personajes al límite e introducir y finiquitar arcos de la temporada pasada.

El listón se mantiene en alto

El autor de Downton Abbey es Julian Fellowes, quien ganó un Oscar por su guión para Gosford Park de Robert Altman, sobre una casa llena de aristócratas magníficamente vestidos y sus sirvientes que viven bajo un mismo techo. ¿Suena familiar? Efectivamente, Fellowes se inspiró en el galardonado guión para crear esta serie. Sin embargo, las diferencias son notorias.

Fellowes despojó a Downton Abbey del misterio y el tono frío y cínico de la cinta; al contrario, la serie es la versión cálida y generosa. Adecuada para el ritmo y el espacio de una serie de televisión en señal abierta. Ese tono rigió la primera entrega y lo vuelve a marcar en la segunda, donde incluso en el campo de batalla se rehúsa a abandonar ese tono naif; sabiamente han sabido mantener el tono y y la consistencia de la historia, justificando la existencia de una tan necesaria segunda temporada. Y gracias al final de esta, una tercera.

Pero en esta ocasión, los salones y despensas son teatros de guerra, y el espectáculo estimula una especie de guerra de clases en el corazón y en el cerebro del espectador. En las interacciones entre el hombre de la casa (Robert Crawley, interpretado por Hugh Bonneville) y su criado (John Bates, interpretado por Brendan Coyle), descubrimos una rica e íntima fantasía de poder, dependencia y dedicación, un negocio.

Además, hay mucho más en juego. Después de todo, es 1916 y los lazos de la clase social y la tradición están explotando en las trincheras de la Primera Guerra Mundial; nos arroja abruptamente a un verdadero teatro de guerra, con una imagen de dolor y tristeza que no distingue de estratos sociales, al contrario, reúne a todas las víctimas a través del patriotismo. Así vemos al combatiente, Matthew Crawley, presunto heredero de los Grantham, que se está preparando para un permiso. En casa, las damas que esperan ayudar en el esfuerzo de guerra están aprendiendo a hacer cosas que antes se consideraban poco femeninas, como conducir automóviles, actividades que complican el negocio de la caza del marido. La pregunta central en esta temporada de este drama doméstico es: ¿Qué es correcto?

El crecimiento de los personajes es el corazón de la temporada

Al apenas contar con ocho episodio y tomando en cuenta que la Primera Guerra Mundial duró cinco años se siente que, en algunos capítulos, los sucesos pasan exageramente rápidos, especialmente en el que varios personajes caen en cama a causa de la influenza. Además, la serie recurre a muchos tópicos, recursos recurrentes cuando la guerra se convierte en el centro de la historia. Por ejemplo, muere alguien cercano, pero no demasiado cercano, muere (William); hay un romance prohibido (Mary y Matthew); alguien se lastima horriblemente, pero no se lastima demasiado (Matthew); la familia hace un gran sacrificio (Downton se convierte en un hogar de convalecencia); las personas muestran aspectos valientes de sus personajes y se dan cuenta de quiénes son realmente (Sybil y un poco Edith).

Sin embargo, es precisamente que gracias a estos hechos, los personajes -al menos una parte de ellos- tienen una evolución enorme. Vemos a Sybil pasar de ser una diletante de causas sociales a ser una enfermera trabajadora y hábil. Bates y Anna materializan su idílico amor (aunque más tarde tengan que pagar las consecuencias). Mary, sigue siendo Mary: orgullosa y cortante, pero se muestra más vulnerable en todos los aspectos correctos.

Lejos, el personaje con el mejor crecimiento tiene que ser Thomas. En lugar de ser únicamente el malvado y mañoso de la primera temporada, su trabajo con los soldados heridos (especialmente uno que finalmente se suicidó) mostró otra faceta de su personalidad. Aquí pudimos ver a un Thomas con compasión, que había experimentado el dolor de ser diferente, que derramó lágrimas de dolor, y que aprendió a tener cierto grado de empatía; igual que O’Brien se muestra vulnerable por los estragos de la guerra y es capaz de demostrar una pizca de compasión cuando otro trabajador de Downton queda notoriamente afectado a nivel psicológico por los empates de la guerra.

Otros personajes, sin embargo, no tuvieron tanta suerte en sus historias. Edith particularmente tuvo un camino atropellado. Primero, muestra su humanidad desarrollando interés por actividades prohibidas para una mujer como manejar, o se muestra abierta a la idea de colaborar en la guerra pero pronto se ve inmiscuida en un lío de adulterio que solo demuestra lo poco que Fellowes estima al personaje.

Lord Grantham, la única excepción

Por supuesto, todo lo que Edith hizo en la segunda temporada palideció en comparación con la terrible situación de Lord Grantham; la única involución de la serie. En la primera temporada, Lord Grantham es el ejemplo de padre y esposo incondicional, amoroso, pero noble de la aristocracia británica; este benevolente señorío de la entrega pasada desaparece por completo en los ocho episodios siguientes; transformándose en un señor andropausico, malcriado, mimado y malhumorado. Lord Grantham deduce ser demasiado viejo para pelear en la guerra, así que en lugar de superarlo y colaborar con otras formas de apoyar a los soldados, reflexiona sobre este insulto a su virilidad durante toda la temporada. Literalmente, TODA la temporada.

Luego, como si no fuese suficiente, cuando el resto de su familia está demasiado ocupada para él porque están haciendo cosas relevantes como actividades de caridad, de cuidado de enfermería o en la recaudación de fondos para la guerra, él alivia sus sentimientos de desprecio y comienza una aventura con una criada (aunque, solo se besan, pero eso es porque Cora se enferma) ¿Qué te hicieron Lord Grantham?

Luego, podemos señalar otras historias aleatorias no tan bien utilizadas como Daisy se siente culpable por pretender amar a William durante toda la temporada; todo el asunto del bebé de Ethel; Bates en la cárcel; Lavinia y sus desgracias; la culpa obsesiva e inútil de Matthew sobre Lavinia; Carlisle, Shirley MacClaine, y el escándalo de Pamuk siendo mencionados una y otra vez. Pero estos quedan opacados por el avance inteligente de los personajes principales.

En conclusión, Downton Abbey mantiene el ritmo y estatus (a nivel de historia y producción) de su temporada precedida pero a la vez permite que los personajes crezcan a la par que van enriqueciendo la historia y asentando las bases para una tercera temporada que estoy deseando iniciar.

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