Tras unas primera y segunda temporadas estupendas, y una tercera bastante regular; Downton Abbey sigue alejándose en el espectro de la maravilla que marcó sus inicios aunque no resulta tan terrible como su antecesora directa.

Como ya es costumbre, hablaré de esta cuarta temporada de Downton Abbey sin tapujos, con spoilers para escudriñar mejor en los culebrones acontecidos en la mansión de los Crawley.

¿De qué trata la cuarta temporada de Downton Abbey?

Downton Abbey sigue la historia de los Crawley, una aristócrata familia inglesa que reside en el condado de York.

Tras la muerte de dos personajes principales, como lo fueron la de Sybill y Matthew, ahora los personajes vinculados directamente a ellos, atraviesan un reajuste en sus vidas y se convierten en los lazos primordiales de esta temporada: Tom, ahora padre soltero y administrador de las tierras de la abadía, se debate entre permanecer como otro Crawley más y traicionar directamente sus ideales socialistas o por el contrario buscar un modo de acaparar lo mejor de dos mundos; Isobel y Mary luchan por reincoporarse al mundo de los vivos tras perder a su hijo y esposo, respectivamente; mientras que el Señor Molesley, ahora sin jefe, se enfrenta al apremiante campo del desempleo. Por último, se introduce el personaje de Rose, una joven indomable y rebelde que busca establecer nuevos patrones dentro del estricto mundo de la aristocracia inglesa.

En esta temporada, Downton Abbey se anima a reflejar divisiones sociales, abuso de género, racismo casual y un patriarcado que mantiene a las mujeres bajo control. En teoría una temporada fascinante pero llevada a la practica muchos personajes quedan desdibujados, traicionando lo que hemos visto previamente de ellos, solo para justificar otros acontecimientos.

Cómo lidiar con la pérdida

A diferencia de su contraparte de la tercera temporada, que tuvo una boda brillante, el episodio de apertura resultó un asunto sombrío. Downton todavía está de luto por la conmoción de la muerte del primo Matthew; aunque ya han pasado seis meses del suceso. La madre y la viuda de Matthew, la prima Isobel y Mary, respectivamente, se perdieron en su dolor; Isobel se siente sin identidad sin su único hijo (porque las mujeres son definidas únicamente por la maternidad), y Mary pasó gran parte del episodio más muerta que viva, deambulando vestida de negra como un alma sin consuelo.

Para nuestra dicha, Isobel y Mary logran salir de la penuria; la primera con ayuda (directa e indirecta de Violet), recordando que además de madre, también es una buena persona que durante su vida se ha visto inmiscuida en diversas labores sociales, a las que regresa periódicamente mientras el sentido de vivir retorna a ella; por su parte, Mary no quiere volver a ser la fría y calculadora persona que fue antes de conocer a Matthew, así que aprende a utilizar lo que aprendió junto a su esposo para inmiscuirse en actividades que le devuelvan sentido a su existencia y que, además, en el proceso, sirva para mantener el legado de su esposo.

La adición del Señor Molesley como personaje principal esta temporada, me parece un acierto; sin duda, Julian Fellowes desea señalar que no es solo la familia la que pierde cuando muere un pariente, sino también su personal, Molesley tiene que hacer frente tanto al desempleo como a la indignidad de ser una vez más el alivio cómico fuera de Downton Abbey. Además, es uno de los pocos personajes que vemos realmente evolucionar y mantenerse fiel a sí mismo; sobre todo en esa relación de amistad (por los momentos) que florece junto a la Señora Baxter y que es reconfortante entre ellos y para el televidente. La Señora Baxter que llegó para reamplazar a Edna que su vez remplazó a O’Brien y que básicamente volvió para un par de episodios solo para liarla una vez más.

Entre tragedias, chismes y deshonores

Esta temporada se apunta cómo la más melodramática de todas hasta el momento. No hay un solo personaje en la mansión de los Crawley que se salve de atravesar un situación difícil; excepto Lord y Lady Grantham que en esta ocasión retroceden para dar paso a otros con conflictos más complejos. Sin embargo, muchos personajes se ven traicionados, puesto que sus principios cambian radicalmente para justificar acciones que fingen como desencadenantes de los mayores conflictos.

Quien llevó la peor parte es Anna, violada en la mansión por uno de los lacayos de los invitados; una decisión arriesgada pero que no termina de reflejar los conflictos que debería. Al contrario, los otros dos personajes inmiscuidos en este arco, Mrs. Hughes y Mr. Bates se ven afectados al ser presentados como una chismosa de primera (por segunda vez en la temporada) y un presunto criminal en potencia, respectivamente. Algo completamente ilógico teniendo en cuenta que Mrs Hughes es la confidente de sus empleados gracias al hermetismo que la caracteriza y Mr. Bates es (o fue) probablemente el único personaje intachable.

Si hablamos de tragedias, ninguna como las de Edith. En mi crítica de la tercera temporada, apunté que tras ser abandonada en el altar por un hombre que podría ser su padre, Edith debería de ser feliz ahora pero ¿por qué? ¿por qué cuando puede afrontar más desdichas? Mientras Mary, en su proceso de retomar su vida, se debate entre no dos, sino tres pretendientes que le declaran su amor y sus intenciones de querer casarse con ella; la pobre Edith queda embarazada de su único pretendiente, un hombre casado que ahora ha desaparecido en Alemania. No hay duda de que la suerte de las Mary, las Edith la desean.

Downton Abbey como crítica social

Aunque en esta temporada, el problema mayor de la serie es traicionar la lógica de algunos personajes para justificar los conflictos que marcaran este episodio; también hay que destacar que por primera vez la serie se empapa realmente en conflictos sociales, muchos de hecho bien ejecutados. En primer lugar, la división de clases mostrada a través de Tom; luego en conflicto racial que nace del romance de Rose y Ross, un cantante de jazz; tercero, la necesidad de superación reflejada en Alfred (que se muda a Londres para ser chef) y por último la facilidad con que las mujeres *eran* señaladas una vez que decidían posicionarse en actividades normalmente desempeñadas por el hombre.

Esta temporada no toma un hecho real pero por primera vez se aventura a representar personajes reales que afectan directamente el curso de la historia como el Príncipe de Galés y su amante Fedora.

Lo que nos dice que Downton Abbey, en su cuarta temporada, busca arriesgar más que en sus antecesoras y eso lo aplaudo pero una vez más, por el tono indulgente de la serie, queda desdibujado en su resultado. Sin embargo es difícil resistirse a la exquisitez que rodea a los Crawley y de nuevo queda perfectamente representado en una ambientación impecable. Downton Abbey no es perfecta, pero a este punto no sé si eso realmente importa cuando cada episodio está cargado de enredos, conflictos y aventuras que, aunque pueden comprometer la esencia de los personajes, siempre son entretenidos.

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