Desde que comencé con mis análisis de personajes de Game of Thrones, dejé claro mi perspectiva de que en Westeros más que héroes o villanos, hay gente que hace cosas buenas o malas. Por ejemplo, Jaime Lannister cometió actos atroces en nombre del amor que sentía hacia su hermana; Arya Stark se convirtió en una asesina a sangre fría para vengar a su familia. Hay extremos, claro, como el psicópata de Ramsay Bolton o el bonachón de Jon Snow. Porque si alguien merece ser llamado héroe en este mundo de traiciones y avaricia, es él.

Durante la última temporada, Jon Snow, uno de los personajes más queridos se convirtió en uno de los más odiados. Que si no hizo nada, que su única línea a lo largo de los seis episodios fue “Ella es mi Reina” (o shis ma kuin), etc. Y puede que haya algo de razón en ello pero lo que hizo antes y, sobre todo, lo que hizo después no debería carecer de todo el mérito que merece y del que voy a hablar hoy.

Jon Snow o cómo en la debilidad está la fuerza

Antes de saltar a luz su verdadera identidad (hijo de Lyanna Stark y Aegon Targaryen), Jon fue ante los ojos del mundo el bastardo de Ned Stark. Eso lo llevó a vivir en la delgada línea que separa dos mundos. Fue aceptado como un Stark (por sus medios hermanos y papá) pero nunca fue uno de ellos (Catelyn Stark se encargó muy bien de ello).

En el primer episodio de la primera temporada queda muy claro: mientras su presunto padre, madrastra y hermanos cenan juntos en el banquete para recibir a los Lannister, él es enviado a sentarse al fondo. Por lo que él prefiere no asistir y quedarse fuera. Algo conveniente, ya que allí conoce a Tyrion Lannister quien le daría uno de los consejos más sabios que escucharía en su vida: “Convierte tus defectos en tu armadura”.

Y eso fue lo que hizo. Crecer como el «hijo bastardo» de Ned Stark dio forma a la personalidad de Jon significativamente. En vez de alojar resentimiento, Jon aprendió de la honorabilidad de su padre para empezar a construir su propio mundo. Decidido a no ser siempre “el hijo de…” Jon se une a la Guardia de la Noche. Allí encontraría un propósito (velar por Winterfell), pero más importante aún, tendría amigos, una familia a quien llamar… familia.

Así se forja un héroe

Cuando Jon se une a la Guardia de la Noche rápidamente se da cuenta de que su idílica hermandad está lejos de ser lo que él pensaba. Sus nuevos hermanos no son todos héroes que han abandonado todo por una causa mayor. Muchos, la mayoría, son rateros y violadores que prefirieron elegir vestir de negro que morir por ejecución. Y, sobre todo, lo más doloroso para él es saber que su misión -o la de la Guardia de la anoche- no es tan impoluta como un vez creyó. El muro fue construido para proteger a Invernalia de los Caminantes Blancos, sí, pero también fue creado para execrar a los salvajes, y condenarlos a vivir “en el lado incorrecto del muro”.

Cuando Jon se da cuenta de la injusticia que se ha estado cometiendo durante años con los Salvajes tiene dos opciones: apegarse al juramento de “velar por Invernalia” y seguir aniquilando salvajes como lo han venido haciendo las antiguas generaciones de la hermandad o, por primera vez, velar de los desprovistos, eso incluye los que están en ambos lados del mundo. Algo que haría un héroe. Lo que hizo Jon Snow.

Si va a morir, que sea por honor

Entonces, Jon demuestra que su mayor poder es la cooperación y la disposición para ayudar a otros. A Jon no le interesa dirigir la hermandad hasta que se da cuenta que sólo en la cúpula puede ayudar a los desvalidos. Lo que demuestra su liderazgo y su honorabilidad.

Su primera orden fue dejar a los Salvajes cruzar el muro. Algo que no contentó a sus colegas pero, él sabiendo que era lo correcto, lo hizo de todos modos. Aun así, Ser Alliser Thorne orquestó un golpe para asesinar a Jon. Funcionó. Por suerte para nosotros, Melisandre estuvo disponible para devolverle la vida, pero cuando Jon volvió, siguió luchando. No buscó venganza, buscó justicia.

Jon aprendió de Ned que ser hombre significa ser honorable. Algo que demostró cuando Stannis se ofreció a nombrarlo Stark legalmente y convertirlo en el Guardián del Norte, a cambio de apoyarlo en su reclamo al Trono; Jon lo rechazó, a pesar de ser todo lo que siempre quiso, pero ante todo sabía que conseguir su apellido de esa forma no era lo correcto. Cuando Tyrion y Dany querían que le mintiera a Cersei respecto a reconocerla como Reina de los Siete Reinos, él se negó, a pesar de que parecía ser la elección inteligente. Su lealtad estaba atada a Daenerys.

Pero más que a Daenerys, estaba atada a lo que ella significaba. Khaleesi juró no ser como su padre, juró cuidar y velar por Westeros y dado la agonizante situación que ya atravesaba el continente, tanto él como Tyrion (y Varys) no tuvieron más elección que creer en ella. Sin embargo, una vez que Daenerys pasó de rompedora de cadenas a rompedora de promesas, Jon sabía que debía hacer algo para detener las consecuencias de la ira de su Reina.

Tenía dos opciones: Reclamar el Trono, como heredero legítimo, o detener a Daenerys. Él sabía que hacer lo primero, llevaría a lo segundo y ser Rey nunca estuvo en sus planes. Jon siempre demostró bondad, nunca avaricia. Él, aconsejado una vez más por Tyrion, hizo lo correcto: salvar a Westeros de una nueva tirana aunque le costara la vida. Aunque no murió fue desterrado a una tierra de nadie (la Guardia de la Noche) sin poder ver a sus hermanos, bueno, primos, nunca más.

Pero el mensaje más poderoso está al final. La bondad de Jon fue recompensada. El hijo de Lyanna Stark y Aegon Targaryen, él quien fue la verdadera canción de hielo y fuego, no tenía lugar en el muro, su misión estaba completa. Solo había un lugar para Jon: “en el norte de verdad”, más allá del Muro, con los Salvajes, con aquellos que ayudó después de haber sido ignorados y masacrados durante siglos. Luchar con y por ellos valió la pena. Jon encontró su propósito y su hogar.

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