Ésta es la primera de tres partes que componen a éste cuento, que será publicado todos los martes a las siete de la tarde. Se aceptan críticas y comentarios y espero lo lean sin falta.

[divider ]Día lluvioso[/divider]

Primera parte.

El sonido de la lluvia en la noche siempre me ha arrullado. Me relaja y pone de buen humor. A la mañana siguiente, todo está verde y fresco. La neblina que se forma al empezar a evaporarse el agua con el sol, hace que todo luzca misterioso. O a veces se vuelva misterioso.

Durante los últimos tres días había estado lloviendo sin parar, al cuarto día, por fin cesó. Todos salían emocionados. Los niños a brincar en los enormes charcos que la lluvia había dejado, los adultos con paraguas en mano, en caso de que el clima decidiera que aún no era suficiente. Yo salí alegre, enfundada en un par de botas para lluvia. Era el primer día que salía después de casi una semana enferma.

La lluvia me había hecho compañía junto con el té, las medicinas y tres cobertores, un montón de libros y una caja de pañuelos. Salir y regresar al trabajo resultaba poco excitante después de pasar de Derbyshire a Marte y de ahí a New York, con diferentes protagonistas cada vez.

La mañana llena de neblina me hacía pensar en alguna de las historias de Sherlock Holmes, seguramente así lucía Londres por las mañanas, cuando él iba camino a casa después de resolver un misterioso crimen.

A dos calles de llegar al trabajo, una silueta que me pareció conocida se me adelantó un par de metros y dobló en la siguiente esquina, justo donde yo tenía que dar vuelta. Seguí mi camino, pues seguramente era una de las cientos de personas que trabajan en el edificio de oficinas de esa calle.

Di la vuelta en la esquina y la misma silueta salía de la pequeña tienda a mitad de la calle, no lo reconocí, pero pude ver el humo de su cigarrillo mientras avanzaba, más lentamente que antes. No tardé en alcanzarle, pero no me quise acercar. Algo me daba una sensación extraña y preferí mantenerme unos pasos atrás, intentando no llamar mucho la atención.

Faltaba media calle para llegar a la oficina y la silueta delante de mí empezaba a aclararse. Un abrigo gris, una bufanda café, un paraguas en la mano derecha que de vez en cuando servía como bastón. Me sentía en una novela de detectives, esperando que en cualquier momento pasara algo. Y así fue.

Al llegar al callejón detrás del edificio donde estaba mi oficina, la misteriosa silueta entró en él, para no salir. Cuando llegué a ese punto, me asomé al callejón, pero no había nadie. Sólo una colilla tirada a mitad del callejón.

Continúa el martes 2 de julio.

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