¿Para qué sirven los regalos navideños? Bueno, para todo, literalmente. Es legal regalarle cualquier cosa a un amigo. Un cachorrito, una computadora, un bebé; la navidad no viene con un manual de instrucciones.

Lo difícil comienza cuando quieres que tu familiar, amigo o conocido quede satisfecho con tu obsequio. Es complicado conocer de verdad a alguien. Muchas veces, la línea entre los gustos y disgustos de una persona que creemos entender, se vuelve difusa a la hora de regalarles algo. No sabes qué ya tienen y qué no. Y no puedes simplemente preguntarles porque arruinarías la sorpresa.

Por esto es que desde el Diciembre pasado solo tengo enemigos, es más fácil comprarles regalos.

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Simple y con clase.

Sin embargo, en estas navidades he decidido volver a intentarlo. Luego de eliminar sistemáticamente a todos mis némesis, me siento algo solitario. Aprovecharé esta oportunidad para ayudarlos a ustedes con excelentes consejos sobre cómo comprar regalos Navideños efectivamente y en el menor tiempo posible. Falta poco para navidad así que trataré de hacer esto rápido para que puedan salir en estampida a su centro comercial preferido.

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Pensándolo mejor, lean esto en su teléfono mientras hacen fila.

#5. Interésate por tu amigo

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Para empezar acudí a Internet en busca de lugares dónde hacer amigos. Luego de visitar varias listas sobre el tema, decidí ir a un café. Según Internet, en esos lugares es donde se reúne la gente culta y creativa, los cool, por así decirlo.

Manejé hasta uno de éstos lugares. Compré un café helado y comencé a inspeccionar el lugar. Había demasiada gente con barba y lentes. Me sentí como un extranjero por un momento hasta que recordé que había traído el último regalo que me habían obsequiado el Diciembre pasado, por fin me serviría de algo.

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Perfecto.

Al acercarme a una de las mesas de conversación, un individuo lleno de tatuajes, miembro de uno de los grupos de charla, me dirigió la palabra: “Hey tú, Halloween ya pasó hace mucho, ¿de qué estás disfrazado?.” Mi nuevo amigo trataba de hacer un chiste ja ja, pero no podía echar a perder mi camuflaje cuando ya estaba encajando: “Jajaj es solo un protector de barba. No quiero que mi larga, varonil y real barba se vea afectada por el frío de estas épocas.” Dije. “Cool” Exclamaron todos al mismo tiempo.

Lo había logrado, solo tenía que mantener la calma y conversar sobre cualquier cosa; hablamos un rato sobre bufandas y cómo hacerlas combinar con nuestros hermosos chalecos, puras cosas de gente cool.

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Así no podría reconocerme.

El de los tatuajes se llamaba Jacinto, ya no me parecía tan cool, pero era muy tarde, nuestra amistad había iniciado. Me despedí de mi nuevo grupo de camaradas en la puerta del café. Naturalmente, todavía no sabía qué regalarle a Jacinto, no podía esperar a conocernos mejor, el tiempo era muy escaso. Subí a mi auto, removí el protegedor de barba de mi cara y comencé a seguir de cerca su vehículo.

#4. Registra su casa

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Unos minutos siguiéndolo por la autopista discretamente y ya me encontraba estacionado en la calle contigua a su mal cuidada casa. Solo quedaba esperar a que saliera para continuar con la investigación.

A las 8:53 p.m. Jacinto salió de su hogar. Me coloqué mi indumentario negro (incluyendo pasamontañas) con rapidez. Como no soy muy experto en forzar cerraduras ni en romper puertas ni nada que tenga que ver con entrar a una vivienda ajena (lo que a estas alturas ya debería saber), esperé encontrarme con alguna ventana dejada abierta por error; de todas formas llevaba mi palanca de emergencia por si tenía que abrirme paso forzosamente; probé con todas las posibles entradas, pero ninguna abría.

Me conformé con observar a través de una gran ventana en el patio trasero por la que se podía ver toda la sala principal. Pegué mi cara al vidrio para poder ojear la vivienda más de cerca: la sala era un asco, la alfombra estaba sucia, había colillas de cigarros por todos lados, tenía varios muebles viejos y con huecos, se veía que necesitaba un buen regalo; pero todavía no tenía suficiente información, debía entrar de alguna manera.

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No me quedaba de otra.

Usé mi palanca y la ventana cedió inmediatamente. Entré sin dificultad y de repente sentí mucho asco, olía horrible, como a podrido, quizás mi amigo era un pescador o algo así, un muy descuidado pescador. El suelo estaba infestado de cabellos, largos y cortos, no supe de quién o de qué.

La cocina estaba llena de moscas, la luz blanca del bombillo titilaba, por lo que se me dificultaba investigar con precisión. Encontré una especie de cuarto de utensilios, las paredes eran de color marrón, estaban bastante manchadas, probablemente de salsas y otros líquidos comestibles. Habían varias herramientas colocadas en una mesa color ébano, puedo decir que por lo menos era ordenado.

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Se notaba con facilidad que varios de estos instrumentos estaban gastados, sobretodo la sierra eléctrica que, además de tener muy poco filo, estaba algo manchada. Los cuchillos también parecían algo viejos, pasé mi dedo por la hoja de uno de ellos y me corté, por lo menos no les faltaba filo.

La búsqueda estaba completa, Jacinto seguro apreciaría bastante que le renovara su colección variada de utensilios de cocina y jardín. Saldría un poco caro, pero a la hora de regalar a un amigo de verdad, los detalles económicos no importan.

#3. Escoge los regalos con cuidado

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Al llegar a este punto me felicité a mí mismo. Lo más difícil había pasado. Solo quedaba elegir las herramientas de mejor calidad que encontrara porque, contrario a la creencia popular, si uno da un regalo lo suficientemente bueno, y sobretodo, duradero, queda exento de volver a regalarle algo a esa persona por al menos un año.

Llegué a la ferretería con buen ánimo y me dispuse a evaluar la calidad de lo que quería comprar con la ayuda de Bob, el empleado. Bob es mudo, por lo que cada vez que le enseñaba un producto lo que hacía era subir su pulgar y asentir con un gesto de satisfacción, si este era de calidad, o bajarlo meneando de lado a lado la cabeza y frunciendo el ceño si era una mala compra. Siempre había confiado en Bob. Al parecer sabía bastante de herramientas y tenía barba, obvio signo de conocimiento y varonilidad.

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Por eso protejo con cuidado la mía.

Terminé adquiriendo la sierra eléctrica más brillante que había, algunos cuchillos, un destornillador, un martillo que según Bob era el más potente del mercado, una pala por las dudas y ¿por qué no un lanzallamas?, le dije a Bob en tono de broma. Tras ausentarse unos minutos volvió cargando con un hermoso y pesado escupefuego, lo sostenía como un mesero sostiene una bandeja. No sé si fue buena idea pero en el momento lo parecía. Tampoco sabía el uso que le podía dar Jacinto, pero hombre que no puede encontrarle una función al mejor lanzallamas que el mercado puede ofrecer, no merece llamarse hombre.

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Héroe.

*Para disfrutar de la experiencia completa de lo que resta de este artículo, te invito a escuchar esta divertida canción.

#2. Disfruta la sincera sonrisa de tu amigo

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Agrupé todos mis excelentes regalos en una bolsa gigante de tela roja. La lancé en la maleta de mi auto y me dirigí directamente a la casa de Jacinto. No podía esperar hasta navidad, si no, ¿cómo podría enseñarles a ustedes a comprar regalos y entregarlos efectivamente?

Cargué la bolsa sobre mi espalda y toqué el timbre. Pasaron algunos segundos y volví a tocar. Sin respuesta. Quizás estaba en el baño. Esperé algunos minutos, comencé a tocar la puerta con fuerza, nadie me atendía. Estaba a punto de dar media vuelta cuando escuché un ruido detrás de donde estaba parado. Un alterado y sudado Jacinto asomó la cabeza por la abertura de la entrada principal, me vio con sorpresa mientras jadeaba, luego ojeó la bolsa y sonrió.

  • ¡Feliz Navidad!—exclamé.
  • *Paseó su mirada por su reloj digital* Hoy no es navidad—respondió
  • Pues para ti si—dije felizmente mientras empujaba su puerta con la bolsa para enseñarle los tremendos regalos que recibiría.
  • Estoy un tanto ocupado ahora—dijo mientras miraba nerviosamente el final del pasillo.
  • No importa, me iré en un momento, solo mira.
  • Cool—dijo mientras un resplandor repentino iluminaba su cara y una sonrisa se estiraba en sus labios.
  • De repente, un perro ensangrentado salió corriendo de uno de los cuartos del pasillo. Jacinto fue hacia él inmediatamente, se agachó y lo abrazó con ternura. El perro, paradójicamente comenzó a lamerlo y regresó por donde vino.
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Comencé a pensar que mi amigo no era de fiar.

#1. Resuelve el misterio del perro ensangrentado

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“QuiQacuabitii…???” balbuceé sin sentido. Al momento no entendía nada de lo que estaba pasando, sentía palpitaciones de terror corriendo por todo mi cuerpo, este se preparaba para enfrentarse a cosas serias y perturbadoras. Como un animal acorralado retrocedí algunos pasos de mi “amigo” y lo miré con una mirada que decía: “vas a tener que explicarme esto paso por paso o alguien va a salir herido.”

Jacinto me sonrió como sonríe un recluso en camino a la silla eléctrica. Agarró la bolsa de tela roja y empezó a revisarla, elogiándome por mis elecciones en materia de herramientas, lo que fue algo agradable de oír hasta que recordé lo que me tenía tan aterrado: “¿Por q-qué ese perro estaba lleno de sangre?” exclamé. Jacinto me miró burlonamente y dijo: “¿De verdad quieres saber?”. “Pues sí—respondí—¿qué clase de negocio enfermo tienes aquí?” Me dijo que “negocio” era la palabra exacta para describir lo que hacía, y además era bastante lucrativo, explicó con ánimo.

—Solo digamos que…los chinos siempre pagan bien.

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Nada cool, nada cool.

Por el amor a…no sé…¿a quién se le ocurre siquiera…? No importa cuánto le paguen, hay que ser demasiado depravado para poder…no…Bueno, volviendo al tema. Me sentí totalmente asqueado en el momento, Jacinto tenía cara de no verle nada malo a lo que hacía, pues yo si le veo mucho de malo, idiota. Ser un verdugo de perros y dormir bien por las noches no van juntos, y no pude encontrar cansancio alguno en sus facciones, lo que significa que este desgraciado era un psicópata, un maníaco psicópata.

Me invitó a visitar su “taller” como si fuera lo más normal del mundo. Quizás no me intentaría matar a mí, pero no podía tomar ese riesgo. Cuando se volteó para escoltarme al fondo del pasillo, tomé el martillo industrial que le había comprado y lo lancé hacia la ventana del patio trasero que se quebró en mil pedazos. Salté a través de ellos y solo vi oscuridad por un rato mientras corría con todas mis fuerzas.

Un escuálido: “Feliz Navidad, amigo.” seguido por el estruendoso sonido relampagueante que emite una sierra eléctrica de calidad al encenderse, me llenó de melancolía, porque fui capaz de reconocer la voz que generó aquel saludo.

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Tuve que vestirme de Santa Claus para desahogarme un poco.

Bue-bueno, ahí lo tienen. No tengan amigos y, si ya los tienen, asegúrense de revisar sus casas meticulosamente, o mejor no, déjenlos tener su vida privada. Pero recuerden, nunca podrán estar seguros de la inocencia de un camarada sin conocer primero los confines más oscuros de su morada.

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