“Si de veras quieres matarte, hazlo. Las dos sabemos que te irás al infierno de todas maneras.”

Esas fueron las palabras de la madre de Elena antes de cerrar la puerta del cuarto de golpe. Elena sabía que eran por enojo, por desesperación y frustración. Pero no hacía que dolieran menos. Además, Elena sabía que eso no era cierto.

Elena se miró los brazos, las piernas. Con la luz, esas cicatrices se veían blancas, como si alguien hubiera dibujado palabras incomprensibles en su piel. Palabras de auxilio.

Después de un frasco de pastillas y aquella noche en el hospital, Elena sabía lo que todos los demás no: qué había después. Cuando abrió los ojos, por un momento se estremeció de emoción, pensando que al fin estaba aquella luz que todos le habían prometido. Pero no había sido así. Sólo era la lámpara sobre su cama de hospital. Recordó tanto como pudo del tiempo que no estuvo, pero lo único que recordaba era oscuridad. Silencio. Vacío. La nada.

San Pedro no la había recibido a las puertas del cielo, ni Satanás la esperaba ansioso para que fuese castigada en el infierno. No había tal cosa como la luz al final del túnel, ni el paraíso, ni el purgatorio. Ni siquiera un Tártaro al cual ir para pasar la eternidad. No había absolutamente nada. Y eso la asustaba. Esa era la razón por la que cuidaba que esas heridas sangrantes no llegaran hasta el fondo. Esa era la razón por la cual, aunque no deseaba estar en este mundo, se aferraba a él con las últimas fuerzas que le quedaban. Para no estar sola, para no perderse en ese infinito de vacío.

Las palabras de su madre resonaban en su mente. ¿Y si al final se acostumbraba a eso? Quizá la nada no era tan mala. No había dolor, no había enojo, ni sufrimiento ni sentimiento de estorbo o inutilidad, porque no habría nada. Pero tampoco habría hotcakes por la mañana, ni días lluviosos para saltar en los charcos, ni cachorros que te lamen la cara cuando estás triste. ¿Qué valía más la pena?

Se acostó bajo la cama, que era su escondite usual, y puso una almohada sobre su cabeza. Quería dejar de ver, oír y sentir. Pero no quería hacerlo. La confusión en su mente, en su alma, era demasiado grande. Miró hacia arriba y vio debajo del colchón un viejo cuaderno. Había sido su diario hacía muchos años, tantos que ya ni recordaba que estaba ahí. Intentó recordar lo que en él había escrito. El primer amor, la primera vez que le rompieron el corazón. Todo parecía muy lejano. Los primeros tulipanes, la primer pelea; el primer beso, la primer mentira. Todo se agitó en su mente a la vez, causando que sus oídos zumbaran al mismo tiempo que todo se ponía oscuro. No era la oscuridad o el silencio lo que la aterraba. Era el frío, la soledad, el vacío.

Abrió los ojos de golpe y salió de debajo de la cama. Todo valía la pena: el dolor, el hastío, el aburrimiento, la desesperación. Todo, con tal de no volver a la nada. No importaba lo que su madre dijera, no había tal cosa como cielo o infierno, sólo un gran vacío de cosas y emociones, y no quería regresar ahí, nunca.

[divider ]Día Mundial para la Prevención del Suicidio[/divider]

Hoy, 10 de septiembre, se celebra el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Según la ONU, más de 3 mil personas comenten suicidio diariamente y al menos 20 lo intentan por cada una que lo logra. Se calcula que en México hay anualmente 14 mil intentos de suicidio, sin contar los que se consuman.

La depresión es la causa más frecuente de los suicidios en todo el mundo y, según la OMS, la mayoría de los suicidas dan indicios de sus intenciones tiempo antes de cometer el suicidio, por lo que las amenazas e intentos deben ser tomados en serio, más que ser motivo de ira y/o burla.

Si conoces a alguien que crees esté en riesgo de cometer suicidio, habla con las personas más cercanas a él o ella, para que obtenga la ayuda que pueda necesitar. Además, en ésta página puedes encontrar consejos si tú o alguien cercano a ti tiene pensamientos suicidas: http://www.suicidologia.org.mx/podemos.html

2 Comentarios

Comenta en el recuadro