Bueno, yo elijo vivir” sentencia Diana, el personaje de Claire Foy, después de escuchar una historia sobre el poder de la mente y la muerte como única alternativa. Una clara alegoría a la historia que están por contar al espectador, precisamente la elección de Andy Serkis, quien en su primer trabajo como director se ha inclinado por contar la historia de Robin Cavendish, un joven inglés, a quien los médicos le pronosticaron solo tres meses de vida después de quedar parapléjico a causa de la polio. Se trata de una hecho real, del padre de Jonathan Cavendish, el productor de la película.

La historia toma lugar en Inglaterra, primeramente en la década de 1950, época en la que Cavendish contrajo polio en Kenya. Para entonces las personas diagnosticadas con esta patología tenían una disminuida esperanza de vida y pasaban los últimos días de su vida encerrados (“como prisioneros”) en las habitaciones de los hospitales, aferrados a una camilla. Algo que para Robin, un joven de espíritu aventurero, era peor que estar muerto. Por eso, por su esposa y por su hijo, el decide vivir y con la ayuda de estos y sus amigos emprende un viaje (literal y metafóricamente) que le ayuda a sobreponerse a las adversidades y demostrar que la vida de un enfermo de polio no termina cuando es diagnosticado.

La película es una historia de superación y Andy Serkis saca provecho a este concepto en toda su extensión tratando de hacer llevadero el drama, brindando cierto encanto a la hora de contar las experiencias de Cavendish a través de cuarenta años que es el tiempo que abarca la historia. Y allí radica su primer problema, porque a pesar de que Serkis hace su mejor esfuerzo y apuesta por lo seguro, la película tiene varias deficiencias, algunas cortesías del mismo subgénero. Para empezar, William Nicholson (Unbroken, Los Miserables) escribe un guión con una narrativa plana, que recurre a escenas “bonitas” para aligerar el drama pero se convierte en una eterna sucesión de estas hasta el último momento sin que se aprecie realmente el transcurrir de los años. Tal vez problemas de maquillaje también los actores tienen la misma apariencia durante todo el metraje.

En cuanto a esas escenas “bonitas”, son una referencia a las situaciones que contrastan la difícil vida que llevan los personajes como la folclórica fiesta española en la que acaban después de que el personaje casi muere y como esa otras que es preferible obviar para no caer en el terreno de los spoilers. También está el recurso de los planos de paisajes espectaculares, la vegetación europea, los desiertos de Kenya, que habla muy bien de la fotografía, quizás, el recurso del que más provecho saca Serkis gracias al delicado trabajo de Robert Richardson (JFK, El Aviador). La banda sonora a cargo de Nitin Sawhney es otro valioso aporte que además abre la película y sirve como presentación a lo que estamos a punto de ver: una película completamente inofensiva, edulcorada, para no incomodar al espectador.

Y es que Serkis, quien curiosamente realiza un trabajo transgresor como actor en sagas como El Planeta de los Simios y recientemente Star Wars, ha optado por el convencionalismo, tal vez para amortiguar una zona de comodidad que le permita realizar un trabajo correcto como actor pero lejos de ser brillante. Como protagonistas de Una Razón para Vivir como se le conoce en hispanoamerica, ha contado con Andrew Garfield, quien después de la (fallida) saga del hombre arácnido ha sabido enlazar mejor papeles, consiguiendo una nominación como mejor actor en los Oscar el año pasado por Hasta el Último Hombre (dir. Mel Gibson), y Claire Foy, ganadora del Globo de Oro por la serie The Crown. Ambos comparten buena química y llevan a cabo un trabajo bastante destacable en los personajes de mayor exigencia emocional en la carrera de ambos.

Breathe es una una historia que da para más pero la falta de coraje de Serkis, en esta ocasión como contador de historias, la ha dejado a mitad de camino y aunque se puede ver, tal vez al salir de la sala, ya la habrás olvidado.

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