Me asomé por la ventana que daba hacia la calle, todo estaba silencioso. No había absolutamente nadie. El ambiente se sentía pesado y era extraño no ver a nadie a esa hora de la tarde, aunque acabara de llover.

Llevaba dos días en cama después de terminar con Alejandra, no quería ni despertar. Seis años tirados a la basura. Seis años desperdiciados porque ella no pudo mantener las bragas puestas con su profesor de literatura. En esa misma cama en donde una noche antes habíamos estado juntos ella y yo.

Pero a éstas alturas de la vida, quiero pretender que no me importa. Que estoy mejor sin ella.

Bajé las escaleras desde mi departamento, en el sexto piso, en busca de algo de comer, dos días habían sido suficientes y ahora mi estómago me pedía una hamburguesa, o tacos, o una hamburguesa y tacos. Mientras bajaba, no escuché ningún ruido. Ni siquiera el televisor de algún vecino. Ni el maullar de un gato. Nada. Asumí que todos estaban fuera, que no había nadie. Lo cual en sí, sería bastante extraño.

Caminé hasta la calle y no había ningún auto pasando. No se escuchaba a la casual paloma ni ruido a los lejos. De pronto, la brisa se hizo un poco más fuerte, pero nada, ni un sonido. Ni papeles volando, ni el adorno de la entrada de la casa de los chinos que vivían cruzando la calle.

Caminé hacia la avenida, quizá algo había pasado y ahí podría encontrar a alguien que me explicara qué estaba pasando. Vi pasar a una rata, corriendo con terror y esconderse en una alcantarilla. Pero nada, ni sus patas hacían ruido y, al desaparecer en la alcantarilla, parecía como si sus ojos se salieran de sus órbitas.

Caminé más aprisa hasta llegar a la avenida, algo definitivamente no estaba bien.

Al llegar, silencio. Nada. Autos parados y una densa niebla no me dejaba ver más allá de un metro de mi nariz. Trastabillé entre los autos hasta llegar a la otra acera. Me asomé a la ventana del restaurante a unos pasos de mí. Nada. Decidí entrar.

Mientras recorría las mesas con alimentos, algunos aún tibios, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Miré hacia afuera y vi una silueta en la ventana. Se parecía mucho a Alejandra. Corrí hacia la entrada, aliviado de no ser el único ser en éste lugar, pero cuando llegué afuera, no había nadie.

Volteé hacia un callejón detrás del cual desaparecían unas botas cafés y corrí hacia él. Alguien, más bien, algo, arrastraba a aquella chica hacia una de las alcantarillas.

Un extraño ser grisáceo y de ojos rasgados me miró y puso un dedo frente a sus labios cuando yo estaba a punto de gritar.

“Hacen mucho ruido”, escuché en mi mente antes de que todo se pusiera oscuro.

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