La princesa había aprendido a creer en el amor, nunca se preguntó qué era amar o ser amado, solo sabía que un día, un príncipe vendría en un caballo blanco, la llevaría a su castillo y serían felices por siempre. Todos los cuentos que había leído lo planteaban así, ella lo creyó, sin saber qué pasaba después de que las letras doradas de esos libros deletreaban “FIN”.

Cuando el príncipe por fin llegó, la llenó de flores, regalos y vestidos; le dijo que serían felices y que pronto se casarían, la llamó hermosa y le dió su primer beso de amor. Ella nunca se había sentido tan segura y protegida, se preguntó si quizá el príncipe estaba tan nervioso como ella.

La boda tardaba y la princesa empezaba a temer que no se realizaría, pero el príncipe y sus besos la convencían de que se preocupaba en vano, porque él la amaba y debía creer en su promesa. Así lo hacía porque ahora no solo los cuentos rondaban su cabeza, sino que el amor había tomado como rehenes a su corazón y su razón.

Poco a poco el príncipe fue cambiando con ella, llegaba tarde a sus citas, a otras no aparecía, la princesa no entendía qué pasaba y un día decidió buscarlo. Lo encontró en otro castillo, con otra princesa y escuchó las mismas palabras que le decía a ella, en ese momento algo dentro de ella se rompió y en cada trozo reconoció un pedazo de sus sueños.

Se tiró en la cama y, llorando, se preguntó que había hecho mal, porqué no había sabido retenerlo a su lado y porqué las cosas no habían salido conforme al plan. De pronto, mientras secaba las lágrimas de sus mejillas, lo entendió,  supo que no todo siempre es lo que esperamos o deseamos; que aunque sí había sentido algo muy fuerte por el príncipe, las personas no son extensiones de nosotros, que él no iba a cambiar sólo porque ella se quedara y por eso debía dejarlo,  para que se fuera con aquella princesa o con quien quisiera.

Se armó de valor y salió por la puerta, nunca nada la había asustado tanto, pero estaba dispuesta a emprender su camino. Volteó una vez más atrás y vio al príncipe en su caballo blanco corriendo tras ella, se detuvo. El príncipe bajó y tomó su mano, ella la retiró y, acercándose a su oído, simplemente pronunció dos palabras que lo dejaron helado: “Te perdono”.

El príncipe parecía no entenderla, ella lo miró a los ojos, le entregó una nota y siguió su camino. En verdad lo perdonaba, perdonaba su cobardía, sus falsas promesas, sus besos vacíos, sus abrazos sin sentido;  pero la mentira, bueno, esa tardaría un poco más.

La princesa sabía que todas las heridas cicatrizan, era obvio que dejarían marca, pero al final todas las heridas sanan. Por otro lado, recordaba todo lo que la había hecho sentir y esbozaba una sonrisa, era su su primer amor y la había cambiado.

El príncipe, aún confundido, abrió la nota y, con letras doradas estaba escrito un solo párrafo:

“Te agradezco el haberme mostrado mi capacidad de amar. No puedo quedarme, tengo planeado encontrar nuevas caras, tal vez un nuevo amor, alguien sincero que no tenga necesidad de mentir para obtener de mí lo que desea. Gracias nuevamente, pero no, no podemos seguir así. Deseo que seas feliz. Cada quien continúa su sendero.”

Fotografía “Where Romance is Celebrated” de Annie Leibovitz para Disney Dream Portraits Series, parte de la campaña para los Disney Theme Parks campaña “What Will You Celebrate?”

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