Al compás de los vivas que vitoreaba la multitud, la hoja afilada de aquel cuchillo entraba y cortaba y desgarraba las entrañas de Manuel.

El día había empezado como cualquier otro, salvo por ese ambiente festivo que rodeaba a la fecha: 15 de septiembre. Mientras todos se ocupaban de las compras de lo que necesitarían para el pozole, las gorditas, quesadillas, mole y demás, él caminaba rumbo al trabajo. Trabajaría medio día en aquella imprenta que odiaba pero soportaba porque lo mantenía.

A sus veintiocho años, sin familia en la ciudad y demasiado rencoroso como para ir a pasar las fiestas con su familia en Morelos, el trabajo se había vuelto lo único tolerable de su vida. Después de cinco horas de aburrición total en un negocio al que nadie entraría, no en ese día, cerró el local y caminó por las calles del centro, ante la manada de gente que se aglutinaba con esperanzas de poder tener un lugar decente en la plancha del Zócalo capitalino. Manuel caminó media cuadra más antes de dar la vuelta en seco, como atraído por el anonimato que le acompañaría en compañía desconocida entre los miles de seres que se amontonaban frente a Palacio Nacional.

Nunca faltaban los vendedores de aguas de sabor, de capas de plástico para la lluvia que siempre se hacía presente ese día del año, los fuegos artificiales ensordecían a ratos los cantos de la gente que pasaba de Pedro Infante a Vicente Fernández y después cantaba El Son de la Negra como si la vida les fuera en ello.

Antes de dar las ocho de la noche, el lugar estaba abarrotado. Era imposible que un alma entrara ahí, y si lo hacía, corría el riesgo de morir asfixiada o al menos, aplastada. La multitud era enorme. Se mecían, hablaban, gritaban, al punto en que en la cabeza de Manuel sólo había un zumbido. Sintió la sangre acumularse en sus orejas y su cabeza empezar a palpitar.

Faltaban veinte minutos para las nueve cuando Manuel decidió salir de ahí. Usó todas sus fuerzas y amabilidad para lograr salir de aquella mole humana, sin embargo, a pocos metros de la salida, cayó desmayado a causa del calor, la humedad y una alteración en su presión arterial. Alguien gritó, llamando a los paramédicos. Sintió que lo levantaban como si fuera en costal de papas, y no supo nada hasta dos horas después.

Abrió los ojos pero no se encontraba en una ambulancia, ni siquiera en la carpa de auxilio médico que había visto a un lado de la Catedral Metropolitana. Estaba oscuro alrededor y no podía moverse. No tan lejos escuchaba la emoción de la gente que empezaba a gritar más que cantar todas esas melodías características de las fiestas patrias. Huapangos, sones y serenatas se mezclaban en el aire. Vio la luz entrar por un pequeño recuadro en una pared cercana. La luz cambiaba de colores, a veces rojos, a veces verdes, a veces amarillos.

Mientras los fuegos artificiales seguían resonando y hacían estremecer el suelo, una sombra se acercó a Manuel justo cuando la multitud guardaba un silencio sepulcral.

La voz reconocida gracias a la televisión, hacía que las palabras del discurso de un aniversario más del inicio de la guerra de independencia mexicana tuviera un rostro. Que Manuel imaginara los ademanes de aquel personaje encopetado que seguramente traía uno de sus usuales trajes oscuros y una corbata roja acompañando la banda presidencial.

La sombra se acercó más a Manuel mientras él no sabía a qué poner atención. De pronto, una voz sonó fuerte y clara frente a él. “¿No te llena de orgullo y alegría ser mexicano? ¿No te hubiera encantado matar gachupines junto a Morelos y después celebrar el triunfo con unos tequilas? ¿No desearías estar ahorita comiéndote un plato de pozole con unas tostadas con harta crema? A mí sí, me emociona mucho ésta fecha. Es la única vez en el año que me siento orgulloso de ser mexicano.”

Y cuando sonaban las primeras campanadas y el monigote vestido de presidente gritaba desde un balcón ¡Viva el cura Hidalgo!, Manuel sintió como una fría hoja de metal entraba en su pierna y le causaba más dolor del que jamás había sentido. Demasiado cerca de la ingle como para aguantar el grito, ahogado por el ¡VIVA! de la multitud en la plaza.

A cada grito de júbilo por aquellos héroes, Manuel recibía una puñalada en diferentes partes. Cuando los gritos llegaron a ¡Vivan los héroes que nos dieron patria!, Manuel apenas respiraba. Soltó su último suspiro cuando empezaron a retocar las campanas de la catedral.

La sombra limpió el cuchillo en el pantalón de Manuel, caminó hasta la puerta y salió a la calle como si nada, con gritos de alegría y emoción que se mezclaban entre sí. Era mexicano, era el cumpleaños de México y era su día al año en que podía hacer lo que quería. Caminó hasta el Eje Central y siguió hasta encontrar un lugar donde hubiera pozole. Comió dos platos con muchas tostadas, eructó y bebió tequila, brindando con todos los comensales del pequeño restaurant. Había sido una noche gloriosa, casi tanto como aquella en que el cura Hidalgo había llamado a todos esos pobres indígenas a luchar por un concepto que no conocían y, a la fecha, siguen sin comprender: independencia.

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