Ya está terminando septiembre y sólo puedo pensar en que ya viene octubre.

Octubre ha traído a mi vida a gente que ha sido vital, gente que sigue en vida, gente que se ha quedado al menos en mis recuerdos, de manera permanente. Me resulta imposible no pensar que cada hombre que he amado, ha llegado a mí en octubre.

Empieza el frío, las lluvias no cesan; el clima hace que estos días sean mis favoritos para salir y caminar. Perderme y encontrarme, conocer lo desconocido y darle una oportunidad a algún extraño de invitarme una taza de café… o té.

Conversaciones viendo la lluvia caer a través de una ventana y sonreír, aunque no supiera a bien lo que la otra persona decía. Compartir una risa, una historia, quizá un cigarrillo, nada más. Así era cada octubre hasta hace tres años.

Ese octubre me traía recuerdos de sonrisas y juegos, de sentirme feliz por primera vez en varios años, pero también cierto sentimiento de pérdida y soledad. Los recuerdos que me llenaban de sonrisas seguidas de lágrimas y algo de desesperanza. No estaba segura de si cierta persona iba a regresar, o si regresaría solo, o si regresaría por mí. Octubre me dio un sueño revelador, para darle paso a la persona que comparte diario mi felicidad, mi tristeza, mis enojos, y es capaz de tomar mi mano y sostenerla fuerte cuando siento que me voy.

Octubre me llena de sentimientos encontrados, de pensamientos encontrados. Me llena de paz y alegría haber encontrado a alguien con quien compartir todo, incluso esos sentimientos; me llena de melancolía al recordar a gente que, por una u otra razón, ha separado su camino del mío. Comprendo que así es por una razón, pero eso no hace que les extrañe menos.

El primer amor, el que me robó nuestro primer beso mientras intentaba terminar mi tarea, que soportó al maestro de geografía de la prepa gritarle y correrlo del pasillo por llevarme serenata cuando me pidió ser su novia. Al que hasta hace tres años hubiera escogido por sobre todas las cosas. Ese amor tierno, de flores, cine y regalos de cumpleaños. Que recordaba todas las fechas importantes. Que en el año más difícil, se apareció por casualidad en el metro, en mi cumpleaños. Y no lo había olvidado.

El segundo, que me recordó lo que era sentirse nerviosa, reír como tonta al no saber qué decir o hacer, que me hizo querer ser parte de una familia. Ese que en sueños me dijo: “¿Crees que eres la única que recorrería el mundo por la persona que ama?” El que hizo de su familia, la mía; que compartió sueños y pesadillas conmigo; que me dijo que la fuerza y espíritu para hacer lo que fuera, estaba en mí. El que me ayudó a crecer para poder volver a amar.

Y el más grande. El de mi vida. El que siempre tuvo que ser para mí, para él. Para nosotros. Con el que nos conocimos gracias a una banda, y con el que hubo un chispazo desde la primera vez. El que me ha hecho llorar, reír, y no poder imaginar el mundo sin él. Con el que estoy porque quiero y que está conmigo porque quiere. El que muy seguramente, recorrería el mundo por mí. El que me hace enojar y me tranquiliza cuando sólo quiero salir y matar a todo el mundo, que no han sido pocas veces. El que me abraza fuerte y llora y me pide que nunca lo deje.

Ya viene octubre, y con él, todos los recuerdos y sueños que tengo del amor.

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