[alert type=alert-white ]Para una mejor comprensión del presente análisis, es recomendable primero conocer la Alegoría de la caverna, de Platón. [/alert]

Una caverna no es necesariamente el escondite de un oso enorme y feroz, ni un espacio fresco y húmedo, u obscuro y caliente; puede ser la terrible pesadilla del saber: la creencia del conocimiento, la creencia de la libertad. Esto basado en la alegoría de la caverna, hecha por Platón (o al menos atribuida a él).

            La semana pasada por vez primera vi un vídeo de Internet que ya había sido reproducido millones de veces alrededor del mundo, en él se mostraba la reacción de una pequeña manada de chimpancés al ser liberados después de haber estado treinta años encerrados en un laboratorio; durante ese período, se le habían hecho pruebas a los chimpancés con distintas enfermedades que también afectan al ser humano: habían sido contagiados con el virus del VIH y habrían contraído hepatitis. No habían tenido la oportunidad de conocer a otro animal que no fuese un chimpancé de esa manada o algunos de los científicos que con ellos trataban. A vida triste habían sido condenados estos primates, la gran mayoría de ellos quizá no sabía o no tenía recuerdo alguno de los rayos del sol o de la libertad, que debieron haber conocido al ser arrebatados de sus madres.

Al ser liberados, asomaron su cabeza por la puerta dos o tres de los chimpancés, llenos de curiosidad, de intriga, y, de seguro, de pizcas de miedo. Antes de salir, dos de los primates se abrazan en júbilo, hacen muecas que sin duda se traducen en sonrisas y carcajadas; una escena que estremece los lagrimales de cualquier persona con más de dos milímetros cúbicos de corazón. Inminente se vuelve como el cuerpo de los chimpancés, de un opaco y maltratado pelaje por las enfermedades no refleja más que una felicidad pura. Unos segundos de saltos y gritos entre los monos son una alegre fiesta, festejar un anhelado nivel de libertad, o uno jamás soñado. ¿Será que en su memoria estaba aún guardado el recuerdo de ese libre hábitat en el que vivieron las primeras semanas de su vida, y el volver a sentir el calor del sol lo despertó?

Procedieron al fin a explorar su nuevo ambiente, aunque limitado, los hacía felices, no parecían querer volver atrás; algunos tardaron mucho en salir, quizá perdidos en sus pensamientos, quizá paralizados de felicidad, quizá con temor a abandonar el espacio al que ya estaban acostumbrados; pero el ver a los otros o sentir soledad los forzó al final a disfrutar de ese nuevo espacio.

            Era el laboratorio de manera casi literal la caverna de los primates, una jaula de fuertes rejas que ni un gorila que lance llamas por las manos y con visión láser enojado podría destruir.

            Hoy en día estamos acostumbrados y aferrados a las cavernas, cavernas como los centros de educación, que pueden ser al mismo tiempo las antorchas que guían el camino hacia escaleras por las cuales podemos escapar; cavernas como a la que nos ha ayudado a aferrarnos la actual situación del país: no podemos salir, al menos no sin miedo, y de perdido disfrutar de dar un paseo en bicicleta o caminar por la calle hacia una fiesta. Cavernas como esa terrible y útil herramienta, que facilita y entorpece la comunicación: el Internet.

Útil, podemos conocer el resto del mundo, el resto de las culturas del mundo, varias religiones, lenguajes, sin salir de casa; es engañoso, es otra caverna, u otra manera de conservarnos en la caverna, y al mismo tiempo (en la actualidad, en raras ocasiones) otro sendero que guía a una salida. Como puede acercarnos información acertada, puede brindarnos, y en mayor proporción, información falsa, inútil, y guiarnos a la creencia del saber; es común escuchar hoy en día “leí en Internet/en una revista que” y una afirmación de algo que no está del todo comprobado, y es usual que se piense como verdad absoluta, ninguna otra idea o posibilidad se acepte; debo admitir que me sucede con frecuencia, la tendencia a una mente cerrada “yo estoy bien, tú estás mal” (“porque yo lo leí” “porque me sucedió”) es sin duda otra malévola caverna; no obstante, tampoco es libertad aceptar cualquier otra afirmación sin reflexionarlo.

            Dicen que el hambre de conocimiento puede hacernos infelices, alguien quién busca saber más podría verse frustrado ante el no saberlo todo, ante la falta de respuestas o ante el que la vida no le alcanzaría para aprender y descubrir todo; que la infancia es más feliz, pues las preguntas que se hacen los infantes son básicas, y se obtienen respuestas sencillas o fantásticas. Hay curiosidad pero poco pensamiento crítico, entonces cualquier respuesta es buena, que en esa caverna de creer todo lo que se escucha, los niños piensan todo resuelto, todo misterio respondido, a veces con seres divinos; es la caverna más feliz, no hay mucho de qué preocuparse.

            ¿Por qué habría de hacernos infelices el anhelar el conocimiento? ¿No es acaso libertad? ¿Por qué no podemos ser como los chimpancés ante la libertad? Podemos ser felices de que siempre habrá algo nuevo que aprender, descubrimientos por hacer, hipótesis por cambiar, sería una vida llena de actividad, me suena mejor que “saber todo” y vivir siempre sabiendo o pensando lo mismo, sin importar lo correcto o incorrecto de las ideas. Es triste que la ignorancia sea felicidad, que la libertad de pensamiento sea más bien libertinaje.

            Las cavernas y los gobiernos son otro genial ejemplo. Los gobiernos aman las cavernas para el pueblo, las cavernas tan mencionadas con anterioridad, la ignorancia y la de la creencia del conocimiento son las cavernas que más les agradan. ¿Qué riesgo se corre al querer dirigir a un pueblo inculto que cree todo lo que se le dice?, un pueblo que no piensa de manera crítica más que al hablar de la vecina, un pueblo que no cuestionará un mandato, por miedo o por conformismo, un pueblo que puede ver que el papel se quema, pero piensa que no sucede así, porque así le dijo el televisor. Al pueblo se le enseña desde pequeño lo que se debe y no se debe hacer, de acuerdo con el gobierno; reglas de comportamiento a veces impuestas por la misma sociedad son absorbidas por la mente de niños, se enseña a confundir el respeto a las autoridades con el silencio, y a través de escuelas, programas de televisión y religiones, hasta las opiniones mismas son impuestas.

            ¿Será el no cuestionar más allá de lo que se percibe la peor caverna de todas?

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