Qué difícil es decirle adiós a las personas que amamos; qué difícil es saber que andan por ahí, haciendo sus propias vidas sin nosotros.

Qué ansias el no saber si quienes los rodean cuidan de ellos como lo hubiéramos hecho nosotros, qué nervios el no estar a su lado si enferman, si fracasan, si lloran.

Qué triste no poder acompañar a esa persona, a la que tanto le dimos, a lo largo de sus nuevos triunfos; qué dolor no estar a su lado sorteando junto a ellos las piedras en el camino.

Qué desesperación saber de ellos, de sus errores, de sus carencias, y no poder alargar la mano hacia el teléfono para darles la solución a sus problemas, para quitarles las penas.

Qué impotencia el querer ser parte de sus vidas y a cambio sólo recibir migajitas de su afecto, de su tiempo, de su atención.

Qué insoportable el alejar de nuestro abrigo a quien nos daba la chispa necesaria para completar nuestros sueños, la energía del motor de nuestra vida.

Qué pesado es el costal que encierra todos los errores que cometimos con ellos, las veces que los herimos, las ocasiones en las que no supimos cómo actuar…

Qué dolor el haberles provocado un llanto y mil corajes cuando lo único que queríamos era lo mejor para ellos.

Qué difícil es ser madre y atravesar por todo lo anterior, día con día, mientras los hijos crecen y aún después. Porque las mamás no tienen un horario ni un salario, tampoco vacaciones ni prestaciones; lo único que reciben es nuestro reconocimiento y todo lo que nosotros podamos retribuirles.

Y aunque el camino que escogieron ellas está lleno de muchas alegrías, frecuentemente no cooperamos y nos encargamos de hacerles más pesado el trayecto y, a veces, no nos tomamos ni un minuto para reflexionar sobre todo lo que ellas hacen por nosotros. A veces se nos olvida recordarles que las amamos,  que son las mejores; se nos olvida cuidarlas y respetarlas.

Pero que de hoy en adelante no se nos vuelva a olvidar mantenerlas siempre cerca de nosotros, porque debemos demostrarles que han sido el mejor ejemplo, porque siempre un abrazo suyo, quizá tan solo su voz, nos podría levantar el ánimo.

Porque no merecen que después de habernos dedicado toda su vida no seamos capaces de regalarles nuestro tiempo y nuestro amor sin condiciones. Porque para ellas debe ser, y sin reparos, todo nuestro agradecimiento, respeto y mucha, mucha admiración.

Para Verónica Guerrero, la verdadera mejor mamá del mundo;
y para todas las mujeres que fueron su ejemplo e inspiración.

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Mariana Huerta
Soy Mariana, estudiante de la escuela y de la casa, de las amistades y del día a día, estudiante de la vida. Quizá mis cortos años; porque sí, son pocos; no me permitan decirles todo lo que he hecho pero sí todo lo que soy. Me gusta sorprenderme pero me gusta aún más sorprender. Escribir es un lujo, mi pasión, mi escape y contacto con la Mariana de adentro, con todo lo que me rodea. Un gusto estar aquí.

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