Viernes por la noche. La línea dos del metro de la Ciudad de México. Yo emprendía mi camino de regreso a casa; cansada, pensativa, distraída, adormilada. Desde Taxqueña, la terminal de la línea azul, hasta el metro Normal, son 18 estaciones. Eso se traduce en 27 minutos más lluvia, más mucha gente, más casi quincena. Metro mortal.

  Entre cabeceos, llamadas y gente sudada, el mar de personas aumentaba y disminuía según la estación; entraban y salían trabajadores, estudiantes, fiesteros, mutantes y mutantas. ¿Mutantes y mutantas? Sí, esas fueron las cordiales palabras con las que un ingenioso vendedor decidió referirse a nosotros. ¿Qué vendía? Aún no he podido descifrarlo en su totalidad.

   Después de una pequeña representación en la que el hombre interpretaba cada parte de la cara, se abrió paso un discurso. Grande en su sencillez, conmovedor en el mensaje, magnífico en el resultado.

   Estamos acostumbrados a ignorar al resto de la gente en la cotidianidad de nuestras rutinas, pero esa noche, mientras todos nos encontrábamos inmersos en nuestros audífonos, en el celular o en un pensamiento, mientras esperábamos que el vendedor pidiera sus respectivas monedas y se bajara en la siguiente estación, este héroe de identidad anónima se quedó de pie, inmóvil.

   Nos miró directamente y uno por uno hasta que nos sentimos obligados a corresponderle la mirada. En sus ojos había reclamo y esperanza, ilusión de provocarnos un eco con sus palabras, de conseguir nuestra atención, nuestra verdadera atención.

   Aquel hombre comenzó a recoger toda la basura del vagón, mientras vomitaba en nuestras caras una sarta de verdades y súplicas. ¿Por qué ya no éramos humanos?, ¿cuándo cambiamos un aparato por la verdadera convivencia? y, ¿en qué momento dejamos escapar lo real, lo valioso, por un televisor o por cualquier otra pantalla?

   Lo que decía era casi poesía, escupía sentimientos que tocaron a más de uno. Perdí la cuenta de la cantidad de estaciones que duró este triste encuentro con la realidad. Cuando él estuvo a punto de bajarse, no pasó a nuestros lugares para pedirnos esa moneda que no afectara nuestra economía; sólo caminó a lo largo del vagón, mirándonos a los ojos, suplicando con ellos remordimiento y reflexión.

   Por primera vez en mi amplia historia en el metro, todos le pagaron, todos le compraron algo a este vendedor de conciencias. Las manos se alzaban sin que él lo pidiera; algunos le dieron monedas, otros se quitaron su propia cena o merienda y le dieron fruta, yogurt, agua, papas y refresco; unos cuantos sólo alzaron la mirada y le dedicaron una sonrisa cordial, quizá la más sincera que habían ofrecido y, ante ellos, el desconocido se detuvo, sonrió con la misma fuerza y se miró alumbrado, confesó que ese pago era más valioso y sincero que el dinero recolectado. Finalmente, el hombre se bajó en una oscura estación, revestido de nueva esperanza, nutrido de un ánimo recién nacido.

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Mariana Huerta
Soy Mariana, estudiante de la escuela y de la casa, de las amistades y del día a día, estudiante de la vida. Quizá mis cortos años; porque sí, son pocos; no me permitan decirles todo lo que he hecho pero sí todo lo que soy. Me gusta sorprenderme pero me gusta aún más sorprender. Escribir es un lujo, mi pasión, mi escape y contacto con la Mariana de adentro, con todo lo que me rodea. Un gusto estar aquí.

8 Comentarios

  1. Qué buena experiencia, vale la pena por todos los demás días comunes en el metro. A mí también me ocurrió algo así, en una ocasión apareció un orador, simplemente impresionante, su voz hacía retumbar todo el vagón y el poema que interpretó fue más que emotivo. En otra ocasión, fui espectador de una representación teatral, tan vívida, que hasta el conductor se alarmó y como que puso freno de mano para solicitar auxilio cuando llegó a la estación, pero se dio cuenta de qué se trataba y continuamos el viaje. Sabes, a veces no es tan aburrido el metro.

    • Jajaja, son las ventajas de no traer coche :P Nuestro transporte público es toda una aventura y vaya que podemos encontrar de todo. Qué gusto que tú también hayas tenido una experiencia memorable y no para mal :D

  2. Posees un estilo, al menos en esta narración, que vuelve parte de la historia a los sentimientos más que al lector. Me hubiese gustado oír aquel apasionado discurso para comprender y no sólo sentir tu conmoción.

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