Algunos mentirosos, comúnmente llamados científicos, han difundido por el mundo la idea de que el famoso “nudo en la garganta” se reduce a una vil respuesta fisiológica. Dicen que el cuerpo recurre a su lado animal y se deja guiar por el instinto.

   La versión oficial dicta que los músculos en el esófago y en la garganta comienzan a contraerse bajo una situación estresante, una amenaza en potencia; así, toda nuestra energía es enfocada a facilitar la huida y, por lo tanto, la supervivencia. La idea es optimizar los músculos y nuestra condición para que el cuerpo, que en ese momento es animal, pueda escapar.

   No sé bien si es ignorancia de estos eruditos o inocencia de los mismos, el esperar que la gente de verdad se crea esa explicación. ¿Será que nunca lo han sentido ellos mismos? Dudo que alguien haya tenido la fortuna de escapar del hiriente y opresor nudo.

   Para nosotros, los mortales que sí lo hemos sufrido, está de sobra decir que esa explicación no se acerca ni un poco a la realidad. Tal vez queremos huir, probablemente estemos estresados y al límite de la presión, pero ese nudo no es ninguna contracción de músculos sino mil palabras y un coctel de emociones buscando salida al mismo tiempo. Es todo lo que quiso emerger, pero era muy peligroso liberarlo ahí. O tal vez sólo fuimos muy cobardes.

  Primero el pecho se siente oprimido, un duro tumor se forma a la altura del cuello y tapona toda la garganta, comenzamos asfixiarnos, respirar se vuelve muy difícil y lo que segundos antes era un hilo de voz pasa a ser una nota ahogada, casi inaudible; duele hasta si asentimos o negamos. Aumenta la presión en la cabeza, incrementa al grado de empujar por los bordes de los ojos pequeñas porciones de líquido conocidas como lágrimas.

   Quizá entramos en pánico, nos mareamos y todo pasa tan rápido que apenas logramos captarlo, las cosas suceden en un segundo pero tardamos mucho en aceptarlo, y nos lleva aún más el entenderlo.

   Después de tener la garganta tan seca, de sentir que las piernas flaquean y después de perder por un segundo los latidos, el nudo paulatinamente desciende. Se hace más pequeño, menos pesado, no tan duro. Quizá un poco de saliva lo arrastre hacia abajo e hidrate el camino para que su paso no sea tan desgarrador.

   Y a pesar de que esta bajada significa la decadencia de su fuerza, tristemente, quizá en su deslizamiento, la última parada será en el corazón; ojalá con la promesa de un horizonte plano, sin más nudos; con la esperanza de que los más alegres y preciados recuerdos no le permitan al nudo renacer en la garganta.

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Mariana Huerta
Soy Mariana, estudiante de la escuela y de la casa, de las amistades y del día a día, estudiante de la vida. Quizá mis cortos años; porque sí, son pocos; no me permitan decirles todo lo que he hecho pero sí todo lo que soy. Me gusta sorprenderme pero me gusta aún más sorprender. Escribir es un lujo, mi pasión, mi escape y contacto con la Mariana de adentro, con todo lo que me rodea. Un gusto estar aquí.

2 Comentarios

  1. En el corazón puede hacer mucho daño al alma, en el estómago puede igual dañar al cuerpo. Prefiero obligarlo a llegar a las piernas, a las rodillas y a los pies e irme a rodar en bici. Así puedo adentrarme en los parajes desconocidos de los bosques, en zonas indómitas de la gran urbe o deslizarme por las autopistas que bajan a alguna ciudad. Me da para muchas horas y para muchos días en los que dejo de ser un simple mortal pegado al suelo.

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