Noches así me resultaban aterradoras, noche de tormenta torrencial. Mis padres habían salido a su “cita mensual” dejándome al cuidado de la vecina, Natalia o “Naty” como yo la llamaba; una chica de 18 años que después de darme de cenar y contarme alguna historia ñoña como si de un bebé de 6 meses se tratará, se retiraba a la sala a ver la televisión o hablar por teléfono mientras me quedaba dormido.

Hoy era diferente, Natalia había traído compañía, un chico con cara de bobo pero de cuerpo atlético que no reparo en besarla desde que entro y acariciarle hasta el cerebro. Me miro como si yo fuera un piojo y le pidió a “Nat” que me durmiera. Ella me tomo de la mano y me llevó a mi habitación diciéndome que me portará bien y me durmiera, prendió mi lamparita de noche y me paso mi oso de peluche dándome un beso en la frente.

Me acurruque en la cama aliviado de que hubiera olvidado el cuento, pero en el techo se proyectaban escalofriantes figuras producto de la luz de la lamparita. Inspeccione la habitación y sólo pude ver mis juguetes rodeándome. Tomé la linterna de hipopótamo que escondía en mi cajón del buro, la encendí y baje la cabeza para asomarme debajo de la cama. Nada salvo oscuridad, parece que los monstruos después de todo no existían o esta noche tenían que asustar a alguien más.

Más tranquilo volví a colocarme las cobijas encima y a tratar de conciliar el sueño. No había nada, ni monstruos, ni brujas, ni fantasmas y si los había seguramente ya los habría asustado con mi lamparita y Natalia los habría ahuyentado con su horrible música. Empezaba a dormitar cuando de pronto se dejó de escuchar música en la sala, en su lugar unos horribles gemidos y gimoteos se apoderaron del ambiente. Parecía que algo estaba mal, alcance a escuchar un gritito ahogado que se parecía mucho al timbre de voz de Natalia, como si algo le hiciera daño, seguido de gemidos raros que supuse serían del “bobo“.

Tomé mi linterna con valor y abrace a mi oso fuertemente colocándolo a modo de escudo, me coloqué mi casco de la bicicleta para mayor seguridad, me puse mis pantuflas y baje las escaleras. Empecé a temblar con cada escalón que bajaba, sentía el frió recorrer mi espalda y finalmente llegue abajo. La televisión estaba apagada y no veía señal de Natalia aunque seguía escuchando sus quejidos. De puntillas llegue al sillón donde se escuchaban más fuertes los gemidos; sin decir nada apunte mi linterna y la encendí.

Lo que vi prometí no decirlo nunca, sólo sé que las “cosas de adultos” no son algo que quiera volver a presenciar y realmente espero que cuando tenga la edad del “bobo” yo haya dejado de usar interiores de super héroes. La próxima vez  que Naty haga ruidos raros no seré yo el que vuelva a bajar armado hasta los dientes a salvarla de los monstruos.

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