La nostalgia a menudo se entiende como un síndrome y un mecanismo terapéutico para curar experiencias presentes traumáticas, o como cita una de las líneas más icónicas de Midnight in Paris (2011, Woody Allen): La nostalgia es la negación de un presente doloroso. Y los millennials, tal vez de manera no intencional, han hecho de este término su insignia.

Cuando a comienzos de año Residente (Calle 13) sacó su sencillo más reciente, René, el mundo (melómano) se paralizó. Por cuarenta y ocho horas (el tiempo en que duran ahora los fenómenos culturales gracias a las redes sociales) fue el centro de atención en todas las conversaciones. “Temazo”, “obra maestra”, “me he sentido identificada”, “es que me ha hecho llorar” fueron las frases más comunes utilizadas para referirse a la canción. René es una biografía del cantante, en ella el intérprete puertorriqueño habla de sus luchas contra el estrés, la ansiedad, la depresión en los últimos años, y sobre todo, el anhelo que esto despierta en él de volver a su niñez, su juventud “cuando rapeaba sin cobrar”. El éxito del tema no viene únicamente porque sea bueno, aunque lo es, sino por ese deseo casi desesperado de volver al pasado. René es un himno a la nostalgia.

Y la generación millenial se ha convertido en una generación nostálgica por excelencia.

La generación Z (los nacidos a partir del 2000, retratada muy bien en Euphoria) ha crecido más deprisa en un anhelo de ser adultos antes de tiempo para escapar de los problemas “típicos de la adolescencia”. Los millennials (los nacidos entre finales de los ochenta y los noventa, hoy todos adultos), se aferran a los recuerdos de la infancia para “revivir una época donde todo era mejor”.

Antes de que Residente cantara sobre su infancia, los grandes medios de comunicación (tal vez abarrotados de millennials) llevan unos cuantos años percatandose que el mayor anhelo de los adultos de hoy que fuimos niños en los ochenta o noventa es volver a esa época. Algo imposible, obviamente. Pero si bien no contamos con una máquina del tiempo si hay formas de traer el pasado al presente, al menos en ficción, y venderlo como vía de escape una y otra vez.

En el futuro, cuando los historiadores miren hacia nuestra generación, deducirán que los medios populares, tal como los elaboramos y consumimos nosotros, estaban compuestos de dos características definitorias. La más fácil de identificar es la explosión y la prevalencia posterior del nuevo género de superhéroes; Marvel y DC Comics representan el estado actual de las tendencias de cine y televisión, dominando el medio visual hasta un punto que en los últimos años las películas más taquilleras están basadas en estos personajes. El segundo, es que estamos robando una buena parte del material de las generaciones que nos precedieron.

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El sitio oficial de Capitana Marvel estaba diseñado como una web de los 90s.

Una técnica que ha salido bien y mal. Esta no es una reflexión sobre la muerte de la originalidad, ya escribí un poco sobre eso anteriormente; es un análisis sobre el uso correcto e incorrecto de la nostalgia a la hora de atraer al público.

Según todos los indicios, el método radica en qué tan lejos están dispuestos a llegar los productores al representar la iconografía nostálgica y las referencias en su trabajo, que van desde un simple homenaje hasta representar ideas y objetos de historias preexistentes en su totalidad. René funciona porque se trata de una radiografía de su intérprete, y da igual si nacimos en Puerto Rico o comimos malta con pan de ajo, nos gusta porque ese sentimiento de correr directo al pasado nos representa.

Otro uso, no tan sentimental pero sí más escapista, es el homenaje de Netflix al cine de la década de 1980, Stranger Things. Esta serie ha sido elogiada por la forma en que utiliza la iconografía de los 80, rindiendo homenaje a los elementos de la historia y los momentos de épocas pasadas. La trama se basa en películas como Poltergeist, Nightmare on Elm Street, Stand By Me y The Goonies, con puntos narrativos y escenas que reflejan las de Firestarter y ET. Pero allí yace el secreto de su éxito: se tratan de pequeños guiños, referencias, que van conformando la historia mientras nos proporcionan recuerdos de toda una época.

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Sin embargo, hay algo más que hace que Stranger Things sea tan bueno como es. Como alguien nacida a mediados de los 90, no tengo mucho sentimiento o disposición emocional por los 80 o los íconos culturales que creó. Claro, adoro Back to the Future y todas las películas mencionadas anteriormente. Pero cuando vi la serie por primera vez, lo que me atrajo fíe la historia convincente, la buena actuación, las imágenes fuertes y los personajes conmovedores. La calidad del espectáculo no está dictada por la forma en que maneja su nostalgia, y esa nostalgia no es un requisito previo para que el espectáculo sea tan bueno como es.

En el extremo negativo del uso de la nostalgia como carnada, está Ready Player One, que sigue siendo una de las peores piezas de literatura que he leído, y por muy buenas razones. La novela de ciencia ficción de 2011 de Ernest Cline fue referida como el «Santo Grial de la cultura pop«; su éxito puede atribuirse a su única característica definitoria: La cantidad de referencias de la cultura nerd en cada aspecto de la trama y el mundo ficticio.

Capítulos enteros están dedicados a describir escenas individuales que contienen todo, desde anime hasta juegos de rol. Al enumerar todas las películas, libros y programas de televisión imaginables, el personaje principal convence al lector de que es digno del premio final: el control completo del mundo virtual OASIS en el que la humanidad ahora escapa. La trama gira completamente en torno a este hecho.

Cline recurre a la nostalgia como una especie de manipulación cultural para atraer al público. Si en un texto de aventuras y ciencia ficción se reúnen escenas sacadas de películas al calco, es muy difícil de resistir.

Para ser justos, la adaptación de la película intentó agregar sustancia, y en algunas partes tuvo éxito. El director Steven Spielberg y Cline, que coescribieron el guión de la película con Zak Penn, nos dieron mucho el colorido espectáculo que se esperaba del libro. La trama y la estructura se modificaron en gran medida en la transición de la página a la pantalla, y hubo mejoras importantes que resultaron en una narrativa mucho más convincente, y personajes mejor desarrollados.

Si la generación Z nació justo en el punto de quiebre del mundo como sociedad (Torres gemelas, Guerra de Irak, asentamiento del calentamiento global), los Millennials se hicieron adultos viendo como estas noticias se apoderaban cada día de los noticieros. El hecho de saber que hubo un mundo más fácil (sin muros ni coronavirus) hace que ese anhelo de regresar a esos días se incremente.

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