Una cosa de locos. Eso es el amor. Los años pasan y sigo sin comprender cuál es el verdadero significado de aquella sensación indescriptible; nada ni nade sabe definirlo, pero son cada vez menos los que pueden presumir sentirlo en el fondo de su pecho.

   Según los que más kilómetros recorridos arrastran en su andar, amor es aquél cruel sentimiento que se aferra a tu piel y te consume poro a poro; es el inquilino incómodo, aquel que después de meses viviendo a costa tuya, se va sin decir más, sin pagar el alquiler, después de robarte el aliento y en casos extremos, hasta las ganas de seguir viviendo.

   Es una sensación que te encadena de por vida. Te marca como una cicatriz digna del campo de batalla. Los puristas de la ciencia exacta creen en el amor como la ecuación perfecta, inalcanzable para muchos, inexplicable e indefinible; una cuestión abstracta de principio a fin.

   Es difícil entender al amor como un mal común cuando se trata de un cáncer particular. Se desarrolla en las entrañas de cada ser, plantando una semilla que terminará por destrozarnos desde el interior. Es aquella hiedra venenosa que nos llena de manera efímera para después dañar toda nuestra humanidad.

   Suena trágico, lo sé bien. Dicen que hierba mala nunca muere, ese es el caso del amor. De poco sirve sacudirse de esa malaria de manera temporal; siempre regresa para, como el azúcar, endulzarte la taza de la vida durante unos momentos, para derivar en una diabetes mortal que quizá pueda ser controlada, pero nunca se llega a erradicar.

   Por ello trato de evitar a toda costa caer en las garras de tan peligroso mal. Un asesino serial que no necesita de una fría arma para volarte las entrañas. El perro guardián que tarde o temprano ataca a su dueño. La pesadilla que te hace sudar noche a noche. Eso y más es el amor; un daño colateral del que jamás se puede escapar, aquel globo de cantoya que te hace rozar las estrellas e inevitablemente te deja caer.

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Nostálgico poro a poro. Siempre apasionado, de decisiones precipitadas y metas quizá inalcanzables. Las letras son mi salida de emergencia ante cualquier tipo de problemas. La vida me ha orillado a un estado de pesimismo casi por automático del que sólo puedo escapar cuando mis dedos recorren la fría superficie del insensible teclado.

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