¿A quién no le vendrían bien cincuenta mil dólares? ¿Valdría la pena obtenerlos a un costo muy alto? ¿Valdría la pena obtenerlos a algo que quizá no nos cueste nada a nosotros, pero sí la vida a alguien que no conocemos?

El pasado jueves, leí el cuento The box; en este, Richard Matheson nos narra sobre una pareja que recibe una caja de manos de un hombrecillo, el cual dice que al apretar un botón situado dentro de la caja obtendrían la por cualquiera bienvenida cantidad de 50 mil dólares, con el costo de una vida humana, la de alguien desconocido.

¿Qué tanto puede valer una vida humana? Una entre 8000 millones y en aumento, entre las cuales, una cantidad considerable ya vale por dos, por cargar con otra vida. ¿Qué tanto puede valer una vida humana?, si es tan fácil reemplazarla, no con una igual, pero quizá una “mejor”. Y ¿si ese dinero se usa para donarlo a la caridad?, tras unas quince muertes, la cantidad sería excelente y sumamente útil. Un sacrificio de poco más de una docena para salvar o brindarle ayuda quizá a miles. ¿Qué tanto valen esos daños colaterales? Mucho, todo y nada.

Alguna vez escuché “el daño colateral de un hombre podría ser el hijo de otro”. Fue una frase que me hizo sentir terribles escalofríos, peor que si de la nada, a media noche un par de largas y pálidas manos me treparan los hombros. Fue más espeluznante que el horror mismo. Fue una frase que recordé mientras leía el cuento y uno de los miembros de la pareja persuadía al otro (y quizá incluso intentaba convencerse también a sí mismo), con tal de que presionaran el botón.

Una vida puede parecer insignificante si la comparamos con cuantas más hay en el mundo. Pero si nos ponemos a pensar que esa vida alguna vez dijo “mamá” y sorprendió a sus padres al caminar por vez primera, que es una vida que alguna vez tuvo un mejor amigo, una vida que alguna vez se enamoró, una vida que es apreciada, una vida quizá no mala, una que quizá tiene hijos y se preocupa por educarlos para que sean buenas personas, nuestra opinión cambia. Aun incluso sin ser lo que uno considera una persona buena, sino una no mala, con el hecho de imaginar que alguien más en el mundo podría apreciarla y tenerla como un ejemplo a seguir o la ve como un héroe. Mas, si las cosas no son así, si se trata de un despiadado y siniestro ente que a nadie le hace bien alguno salvo sí mismo, parece tentadora la posibilidad de deshacerse de ella, ¿no es así?

Pero, ¿se puede decidir qué vive y qué muere?, y ¿quiénes somos para decidirlo?, por infantil que parezca, esta situación brinda a mi mente un fantástico ejemplo, en ambos sentidos. En la comunidad del Anillo, durante una de las tantas veces en las que Frodo se lamenta por tener el anillo, y lamenta que Gollum no hubiera sido matado, el sabio y viejo Mithrandir (Gandalf, para la raza) señala: “Hay muchos vivos que merecen la muerte y hay muchos muertos que merecen la vida, ¿pero quién eres tú para impartir ese derecho?”

Maquiavelo quizá hubiese apretado ese botón sin pensarlo tanto. “No importan los medios, lo que importa es el fin” Me parece que esto podría aplicar cuando el fin (quizá un cambio) es sumamente necesario, y es, si juzgamos de manera objetiva con el bienestar social como prioridad, útil; podríamos tomar de ejemplo algunas dictaduras. Por drástico que parezca, puede ser a veces lo que falta, un control total sobre un pueblo, con tal de sacarlo de la ruina. Ser primero sano y vivir con seguridad, antes que ser libre… ¿es en verdad prioridad sobre la libertad?

Ahora que se mencionó la libertad, y “la verdad nos hará libres”, y es la ciencia la manera de llegar a la verdad (si es que se puede llegar a la totalidad de ésta); todos estos experimentos que implican el sufrimiento de ratoncitos y otros animales, todas aquellas pruebas de medicamentos para ver en qué combinación no es dañino y con qué compuestos es efectivo, se hacen a veces con el fin de poder curar enfermedades y aumentar la calidad de vida. ¿Se justifican muertes, mutaciones cuando son “en nombre de la ciencia” o cuando es una pérdida que podría traer una enorme ganancia? Una vez más, quizá dependa de lo necesario de ese conocimiento, de la potencial utilidad que éste podría tener, pero en ocasiones, ni la posible utilidad se conoce hasta que se obtiene el conocimiento.

Si bien, el cuento no se orienta de manera exclusiva a las ideas expuestas aquí, puede inspirar a una reflexión más o menos profunda. Es predecible, en cierta forma; no por ello menos recomendable.

En imagen, Richard Matheson, el escritor del cuento “The box”.

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