Mentiría si dijera que cuando yo era chiquita y apagaba las luces, corría hasta brincar a mi cama para escapar de los monstruos que vivían debajo de ella; decir la verdad sería aceptar que aún tengo esa costumbre. Volvería a mentir si dijera que de pequeña no creía en monstruos o en fantasmas, por que honestamente aún me espantan.

   Pero para no mentir, mejor confieso que en ocasiones he compartido la almohada con esos monstruos, para ser honesta mejor les digo que a veces no me atrevo a enfrentar a esos fantasmas.

   Y es que con el paso del tiempo, dejamos de creer en cuentos, en historias de terror, en brujas, en magia, en dragones o en monstruos; lo malo del asunto es que nos olvidamos de ellos sólo para remplazarlos por unos más reales y lógicamente más dañinos.

   Día con día, cada uno de nosotros escribe el cuento de su propia vida; les ponemos historias rosas, personajes, problemas y hasta villanos. Pero estos últimos son un caso especial, porque cada cuento puede tener sus propios villanos y ser todos distintos, incluso podemos cambiarles el nombre y la cara, podemos nunca hablar de ellos, no enfrentarlos o esconderlos, pero finalmente llegamos al mismo punto: los malos, los brujos, los dragones, los monstruos, los fantasmas y prácticamente todos los obstáculos de una historia no son más que el reflejo de nuestros problemas.

   Aclaro, que al decir problemas me refiero a todo aquello que nos causa un conflicto, ya sea interno o externo, por lo tanto hablo de situaciones, personas, miedos, asuntos inconclusos, presiones, deseos, pérdidas y lo que ustedes gusten agregar.

   Es por eso que me atrevo a declarar que comparto almohada con ciertos monstruos, porque sería mucho orgullo no admitir que frecuentemente los monstruos de mis pesadillas tienen, desgraciadamente, origen en mi misma. Y por la misma razón digo que aún le tengo miedo a los fantasmas, al eco de esas cosas que nunca he querido resolver ni terminar, cosas que ni siquiera me atrevo a mirar.

   Debo admitir que si bien mi cuento no es perfecto, sí es bastante feliz, al menos tiene mucho amor y enseñanzas; pero desafortunadamente parece como si fuera en los primeros 5 capítulos y aún me faltaran otros 25; afortunadamente eso significa que tengo muchas páginas para agregarle a la historia lo que necesite y para lograr que los buenos le ganen a los malos.

   Sin embargo, un libro no se escribe solo, necesita de una pluma con tinta y de una mano que la guíe, por lo tanto, el tiempo en mi vida tampoco se aprovecha solo, puesto que necesita de alguien que tome decisiones y actúe. Aunque eso implique enfrentarme a lo que más le temo y hacerme la valiente.

   Y por eso me gustaría decirles que rasquen en el fondo de su corazón y de su cabeza para escribir toda una obra maestra, el más maravilloso cuento que haya existido y que los deje totalmente satisfechos. Peleen hasta el último momento contra todo aquello que no los deje ser felices o tener tranquilidad, pero jamás piensen que deben hacerlo solos o que no deben recibir ayuda. No olviden que hay una relación total y directamente proporcional entre los obstáculos que venzan, las aventuras que vivan y la felicidad que ganen.

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Mariana Huerta
Soy Mariana, estudiante de la escuela y de la casa, de las amistades y del día a día, estudiante de la vida. Quizá mis cortos años; porque sí, son pocos; no me permitan decirles todo lo que he hecho pero sí todo lo que soy. Me gusta sorprenderme pero me gusta aún más sorprender. Escribir es un lujo, mi pasión, mi escape y contacto con la Mariana de adentro, con todo lo que me rodea. Un gusto estar aquí.

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