El año es 1915, y nos encontramos en el estreno del último blockbuster: El hombre del clan, o como se conocería para la posteridad  El nacimiento de una nación. Un épico de tres horas sobre la labor del infame Klu Klux Klan en la sociedad, y su cruzada por salvar la pureza de la raza.

Su director D. W. Griffith —el padre del cine moderno pero un ejemplo clarísimo de la mentalidad de su época—  realiza una adaptación a la novela del mismo nombre, dándonos una obra maestra a nivel técnico, y sirviendo algo de sus propias vivencias al tener un padre que luchó por parte del ejército confederado.

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Una cinta representada por un impacto directo al grupo racial más odiado del momento, plasmó a la gente de color con interpretaciones salvajes, dejando una nueva labor a toda actuación que involucrara mujeres, pintar de negro la cara de los actores blancos para demostrar incluso más el rechazo del infame clan.

Como se supondría, miles de personas se sintieron terriblemente ofendidas, pero en vez de luchar sólo para detener la reproducción de la cinta, existieron algunos visionarios que se inspiraron del hecho. Y el deseo de remendar su imagen fue tan grande, que una persona estaría dispuesta a dirigir sus propias películas, al nivel de cambiar la historia del cine por completo.

El hombre revolucionario

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Podrán suponer que la América en celuloide no era tan diferente a la realidad, y aunque los capuchas blancas no iban de lugar en lugar salvando al país, el racismo no era nada menos real. Pero aunque la mentalidad de la gente sí se vio atacada, dentro de esos visionarios existió Oscar Micheaux, un hombre al que ni la esclavitud o D. W. Griffith pudieron frenar.

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Ni siquiera con su gran sombrero…

De una familia y legado oprimido, las desgracias no se le adjudicaban a un grupo violento sino a la mentalidad de todo un pueblo, que ofreciendo condiciones extremadamente deplorables, hicieron que los padres de este huyeran  para conseguir un lugar donde la educación de sus 13 hijos pudiera subsistir.

Su educación nunca pudo concluir y la granja que los reprimía volvió a ser su hogar haciendo que los problemas económicos y la rebeldía del propio Micheaux lo mandaran a Chicago a los 17 años. Viviendo con su hermano y trabajando de mesero, finalmente pudo observar lo que “la buena vida” significaba para la gente de color, y en vez de quedarse con los brazos cruzados volteó la situación de la mejor forma que podía.

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Porque nadie se mete con Oscar Micheaux…

Usando las habilidades sociales y conocimientos de negocios que aprendió en la ciudad, abrió un puesto de limpiabotas y empezó la condición que lo seguiría por gran parte de su vida: ser su propio jefe. Volviendo a la vida de granja que tanto odiaba después de ver su pequeño negocio fallido, tomó la última dosis de inspiración para convertirse en un prolífico escritor, y hacer de sus penurias en la América racista una novela exitosa.

Cuando la atención de la casa productora Lincoln Motion Picture Company por su novela The Homesteader no llevo a una resolución clara, las conexiones y aprendizajes que obtuvo en la calle se materializaron en la productora Micheaux Film & Book Company. Y siendo de nuevo su propio jefe, lo que siguió fue algo que absolutamente nadie se esperaba.

Cuando cambió el cine para siempre

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Y también se apropió del sombrero…

Mientras nosotros tuvimos las controversias de los Oscars con el hashtag #OscarsSoWhite, los contemporáneos a Micheaux luchaban por dar cabida a un cine que simplemente no existía, y en vez de organizar una protesta, trabajaron con los medios que poseían para presentarnos la realidad que nunca había sido plasmada a través de un proyector.

Toda la idea del cine como medio de expresión surgió casi como una coincidencia, pero tenemos ante nosotros a una persona demasiado inteligente para dejarla pasar. Adaptando su primera novela al cine con la película muda The Homesteader (1919), Micheaux tomó la oportunidad del siglo y mostró algo muy alejado de las caras pintadas y los comportamientos salvajes.

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Relaciones interraciales y su lamentable imposibilidad, malos tratos y completa impotencia, y lo más llamativo, el divorcio de una pareja de color junto al tortuoso proceso que los acompaña, conformaron lo que sería considerado el primer Filme racial. Algo que, considerando el renacer del terrible grupo de las tres k, no debe ser tomado como una hazaña sino como una demostración de que todos queremos ser oídos incluso si tenemos que cambiar al cine moderno para que esto ocurra.

Trabajando bajo condiciones que harían al cine independiente una súper producción, el hombre revolucionario nos mostró temas que hasta al día de hoy son tratados con extrema sensibilidad. Violencia de género y antorchas perseguirían sus próximos temas a tratar, y como una respuesta directa a El nacimiento de una nación —o consecuencias de la Primera Guerra Mundial como diría el autor— pudimos ver en su siguiente película Within Our Gates (1920), que el cine de Micheaux buscaba plasmar su realidad sin ningún tipo de tachaduras.

Incluso cuando los cines como tal le hacían imposible el proyectar sus filmes, siempre sagaz y persuasivo lograba llegar a un acuerdo, acercándose más a su objetivo de pasar películas en los cines segregados y sólo para blancos.
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Sorprendentemente logró su cometido, teniendo múltiples proyecciones que afincaron más en plasmar esa realidad sin distinción de color. Mandando cintas a Europa, ya se adelantaba a lo que vendría, teniendo la visión del cine como un medio universal.

Mientras conducía de ciudad en ciudad con el celuloide en la maleta de su carro, pasaba las experiencias de miles de personas de cine en cine, dejando a lo largo de sus 44 producciones un legado que abarca pueblos completos. Moviéndose de mudo a sonoro, y cambiando de negocio si era necesario, el visionario nos mostró el cine a color para desafiar a todo un país, y dejar muy claro que la voluntad de expresarnos no está en manos de nadie más sino nosotros.

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