Desperté ese día sintiendo que te quería más que nunca, como si de pronto te amará más de lo que alcanzaba a entender, ese momento en el que sabes que por fin todo tiene sentido. Esa sensación que te invade cuando todo lo que has vivido hasta ese momento cobra sentido porque habías estado esperando ese momento.

Analice todas las relaciones pasadas como si con ello pudiera encontrar la razón por la que estaba ahora ahí, a tu lado, una persona tan diferente a lo convencional que había tenido hasta ese momento y me sentí fuera de mi zona conocida, extraña, fuera de lugar.

Fue entonces que me llene de dudas, mi cabeza dio un millón de vueltas y de verdad me pregunte que estábamos haciendo, si era correcto o si en realidad quería estar ahí. Como si de un momento a otro no supiera que hacer porque por primera vez no podía predecir nada, no tenía el control ni la certeza de que en cualquier momento sería hora de terminar.

Camine por la habitación sintiéndome atrapada, confieso que quise huir, olvidarme de todo y regresar a lo que era antes, un alma sola, sin dudas, “libre”. Tan ensimismada, tan presa del miedo, como siempre que llegaba a este punto de la relación. Es verdad, quise empacar mis cosas; dejar una nota en la cama y salir corriendo por la puerta sin mirar atrás.

No pude, gire el rostro y me tope con tu imagen, dormías plácidamente con un esbozo de sonrisa en tu rostro. Recordé todos los momentos que hasta ahora hemos vivido y descubrí como una sonrisa se dibujaba en mi rostro, esa que sólo tú provocas con esos chistes bobos que tanto me hacen reír.

Suspire y tome tu mano, vino a mi mente la primera vez que tus dedos se entrelazaron con los míos. Me acomode a tu lado, no sé si lo presentiste pero me abrazaste haciéndome sentir totalmente segura. Deje todo de lado y me acurruque, así finalmente lo comprendí, estoy totalmente enamorada de ti y sí, es momento de dejarme ir.

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