En las afueras de una ciudad del norte del país, claramente bajo un narco-gobierno. Es decir, consumida por la corrupción, donde la muerte está a la orden del día. Dentro del barrio bajo, se ve una casa abandonada. En esa casa, reside un hombre de mediana edad. Le apodan “El Comerciante”. Dada su elevada actividad en el mercado negro. De estatura mediana, corpulento, posee una mirada de víbora.

Nadie se acercaba a su casa. Ninguna persona sabía a qué se dedicaba; pero, de alguna manera, sacaba su sustento para la vida diaria. No era pobre ni rico. Sin embargo, el aspecto del lugar era algo decadente. Por dentro, todo parece normal, aunque hay algo inusual: un congelador inmenso. Hay carne de diversas reses, como si las hubiera robado de una carnicería.

Pero, en el fondo se encuentra algo más. Hay  partes de cuerpos. De cuerpos de mujeres, cercenadas o desgarradas a navajazos. Torsos, brazos, piernas, cabezas, junto con partes más pequeñas; orejas, dedos, hasta ojos. Pareciera que éstas últimas vienen de sobra. También hay algunos cadáveres completos. “El Comerciante” es un maldito psicópata. Le sirve al cartel local; aunque es un asesino, lo que mas hace es deshacerse de las muertas. De las secuestradas, de las violadas por cualquier mal nacido y de las mujeres que simplemente le estorbaban a algún narco.

Un día como de costumbre, llegó una camioneta con bolsas negras, (el cargamento de siempre). Uno de los tipos que venían dentro de la camioneta, sale y baja el cargamento. Son las dos de la mañana. “El Comerciante” lo recibe y lo coloca en una habitación de su casa. Olvida ponerlo en el congelador. Luego de un rato, decide ir a dormir un poco. En las bolsas, algo se mueve, una mano la rompe. Y de ella sale una mujer, casi agonizando. Demasiado golpeada, y semidesnuda. A los criminales, se les olvidó asesinarla, después de violarla o tal vez creyeron haber terminado con su vida. La mujer apenas logra ponerse en pie, estuvo un largo rato, rodeada de otros cadáveres. Al estar en pie, ve a su alrededor, y percibe con horror lo que está observando.

Hay algunas partes de cuerpos colgadas en las paredes, como trofeos o recuerdos. Se da cuenta de que está en la parada anterior al infierno. A pesar de todo lo que ya ha sufrido. Pasan algunas horas, y amanece. “El Comerciante”, se levanta con su rutina diaria, un desayuno y después a cortar brazos.

Al pasar a la cocina, algo le golpea en la nuca. La sobreviviente tomó un jarrón y le da en la madre al hombre. Éste cae inconsciente al suelo.  Enseguida, da un breve recorrido por la casa, para toparse con el congelador, y al abrirlo, ver las sobras de cuerpos femeninos que aún quedaban. Ella comprende que está viva de milagro y que debe actuar de prisa. La única salida en una situación así, es asesinar al monstruo. Aunque al hacerlo ella se convierta en uno. Pero no importa, es parte de nosotros, el ser humano es salvaje por naturaleza. En los cajones busca algo cortante, encuentra un cuchillo largo y sin dudar, le corta las venas, y luego lo apuñala algunas veces en el torso, para finalmente cortarle la yugular. Toda la cocina queda salpicada de color de hormiga.

La sobreviviente está algo impactada por toda la sangre que yace en su rostro. Pero no tanto, como para no escaparse. Se lava, toma lo que pueda usar de ropa. Y sale de la casa a esperar un taxi. Sin saber qué hacer con su vida ahora, al menos puede reconfortarse al pensar que, de alguna manera, vengó la muerte de otras muchas mujeres…

Texto de Jesús “Djack” Zúñiga Ponce (18 años, estudiante de comunicación) resultado del Taller de Narrativa de Centro Alaken.

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Miguel Pérez
Miguel Pérez, profesional del comercio exterior subempleado con una malsana obsesión por ser escritor. Ensayista, narrador y cuentero totalmente desconocido y parcialmente deslactosado. Escribe en su blog Gegenverfrendungs-Effectk (http://www.en-el-divan.blogspot.mx/) desde 2005. Ha colaborado en varias revistas electrónicas.

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