La costa era inspiradora, tal vez por eso nació en mi el tomar mi guitarra y tocar una melodía, la verdad no prestaba atención a lo que tocaba, las notas se escapaban de mí y yo no intentaba retenerlas. El calor del sol y la fresca brisa del mar siempre fueron para mí una melancólica combinación; llegué ese mismo día a la costa de San Arcángel y solo permanecería en ella unas pocas horas, de las cuales ya habían pasado tres, y pese a que sería en mucho tiempo la última vez que vería a mis padres y mi hermana, preferí caminar sola a la orilla del mar.

Sin saber cómo, llegue a una pequeña casa frente al puerto del cual partiría mi barca, me sorprendió el haber caminado en círculos, tal parece que algo me obligaba a estar en este puerto. Decidí comenzar la larga despedida de mi familia, sabía bien que mi madre no podría contener sus lágrimas, así como mi hermana me abrazaría y me diría que no me dejaría hasta que la balsa se fuera, mi padre en cambio sé que callaría y solamente me daría una despedida fría pero que para quien conoce a mi padre, sabe que es sincera.

Al pasar por el lado de la casa, una dulce flauta atrapó mis sentidos cual serpiente es hipnotizada por las melódicas vibraciones de la mano del derviche. Al costado de la casa había una ventana abierta que revelaba el interior de la casa, pequeña y nada ostentosa, más lo que atrapó mi atención no fue la decoración o el amueblado, sino que sentada en el centro de la pequeña habitación, vestida en su totalidad de blanco y coronada por una larga cabellera café, una joven muy bella de piel aperlada con un matiz obscuro, posiblemente por los rayos del sol, sus manos finas y delicadas de niña, podría asegurar que no tendría más de quince años. Yo petrificada no era capaz de pronunciar palabra alguna, ahora sé que pude haberle felicitado por la bella melodía, que nunca volví a escuchar, o simplemente saludarla y preguntar su nombre, solo para escuchar la voz que este ángel, hoy mi musa, tiene para deleitar al mundo. Mas escenarios mágicos habían tomado control de mis pensamientos, nebulosas y astros nos rodeaban mientras al compás de una viola danzábamos tomadas de la mano.

Solo el afónico sonido de un silbato logró despertar mi mente de tales sueños, el sonido indicaba que la hora de partir había llegado e impulsada por el instinto me dirigí rápidamente al puerto donde mis padres y mi hermana me recibieron con un abrazo, un “buena suerte” y un “adiós”, solo esas palabras les permití darme antes de partir. Al subir a la barca ésta comenzó la travesía, lentamente la casa iba desapareciendo, imaginaba como de la casa se dibujaban en el aire pequeñas notas musicales y como estas se elevaban hasta perderse en el cielo. Entre mis fantasías se alzo la voz de mi hermana que lanzaba a gritos mi nombre, al tiempo que caía hacia mí un pequeño relicario vacío.

 

Texto de Victor Hugo Hernández (17 años, estudiante de bachillerato) alumno del Taller de Narrativa para jóvenes de Centro Alaken.

 

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Miguel Pérez
Miguel Pérez, profesional del comercio exterior subempleado con una malsana obsesión por ser escritor. Ensayista, narrador y cuentero totalmente desconocido y parcialmente deslactosado. Escribe en su blog Gegenverfrendungs-Effectk (http://www.en-el-divan.blogspot.mx/) desde 2005. Ha colaborado en varias revistas electrónicas.

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