Llevaba tres días con pesadillas. Nunca imaginé la causa de todas ellas.

Un chico normal como yo, de dieciocho años, sin nada extraordinario. Las pesadillas se iban haciendo más fuertes, más reales, más horribles. En ellas, me encontraba en mi cuarto, vacío y en una oscuridad casi completa, sólo un rayo de luna entraba por la ventana. Yo estaba sentado en una de las esquinas, donde debería estar mi cama, y todo estaba en profundo silencio por un momento, hasta que escuchaba como algo empezaba a moverse en la esquina opuesta, donde debería estar el librero, junto a la puerta que une el cuarto de mi hermana con el mío.

Entonces, en menos de medio segundo, una pequeña sombra atravesaba el rayo de luna y en un instante, unas pequeñas manos frías estaban alrededor de mi cuello. Intentaba saber quién me atacaba, pero lo único que mi pobre y míope vista distinguía, eran unos pequeños y brillantes ojos grises.

Despertaba bañado en sudor, sintiendo cómo las sábanas se pegaban a mi cara, a mis brazos. Intentaba mantenerme despierto para no volver a ese sueño, pero en menos de tres minutos estaba dormido otra vez. Cuando eso pasaba, en mi sueño no había nada más que oscuridad. Oscuridad y una melodía que parecía sacada de una caja musical hasta que sonaba la alarma, diciéndome que tenía que ir a la escuela.

Durante el día, el sueño me perseguía. Era como leves visiones de la noche anterior. No lograba descifrar porqué tenía esas pesadillas, pero quería que pararan. Empezaba a sentirme enfermo. A la semana de soñar lo mismo cada noche, noté cómo los círculos alrededor de mis ojos se iban oscureciendo, hasta mi madre me preguntó si estaba enfermo.

La séptima noche, mientras el sueño me atormentaba nuevamente, un ruido logró despertarme. Quizá era la falta de sueño que agudizaba mis sentidos de alguna manera. Un suave rechinido me hizo saltar en la cama, pero la oscuridad no me permitió ver nada al principio. Estiré mi mano hasta la mesa de noche, en busca de mi teléfono, para ver la hora y alumbrar un poco la oscuridad de mi cuarto. Cuando al fin lo encontré y encendí, el reloj marcaba las 2:43 de la madrugada. Alumbré a mi alrededor, en busca del origen de aquel rechinido, pero no pude ver nada. Sólo la puerta que daba al cuarto de mi hermana entreabierta. Asumí que se había movido y, al no estar bien cerrada la puerta, eso me había despertado. Escuché sus leves ronquidos e intenté volver a dormir, convencido de que no habría más pesadillas esa noche y así fue.

A la mañana siguiente me costó mucho trabajo levantarme. Las horas que no había podido descansar me estaban pasando factura, y no tenía ganas de hacer nada que no fuera dormir. Sin soñar. Sólo dormir. Me volví a cubrir la cabeza con las sábanas pero no pude cerrar los ojos, así que sin más remedio me fui a la escuela. Estando ahí y sin prestar mucha atención al profesor de cálculo, fue cuando recordé cuándo empezaron esos sueños que no me dejaban descansar.

La noche después del cumpleaños quince de mi hermana. Después de la fiesta el sábado, en que amigos y familiares le habían llevado regalos. Hubo pastel y baile y fiesta, aunque yo no bailé ni enfiesté con los demás, no es mi estilo. Estuve pensando en eso todo el día, pero no parecía una razón lógica para las pesadillas.

Por la noche, antes de dormir, mi hermana me pidió ayuda para cambiar de lugar el escritorio en su cuarto, después de hacerlo y al dar la vuelta para ir a mi cuarto e intentar dormir, la vi.

Con un vestido color marfil, sombrero a juego y sosteniendo un abanico en su pequeña mano de porcelana. Sus ojos grises completamente abiertos, acompañando una sonrisa que parecía angelical. Me reí para mí mismo, cerré la puerta con seguro y fui a la cama. Convencido de que ahora que sabía el origen de esos sueños, no me aquejarían.

Me quedé dormido casi al instante. Ningún sueño extraño, ni rastro de cuarto oscuro y vacío. Un par de ronquidos me hicieron girar dos o tres veces por la noche, pero nada más. Sonó la alarma. Me desperté y vi la hora, no recordaba haber cambiado la alarma a una hora antes de lo normal, así que la apagué e intenté volver a dormir.

De pronto, la realización de haber visto algo fuera de lo común mientras tuve los ojos abiertos, me hizo levantar en seco. La puerta que conectaba mi cuarto y el de mi hermana estaba entreabierta y, a mitad del cuarto, mirándome fijamente, tirada la muñeca. Con los ojos grises abiertos y la sonrisa que parecía angelical. El abanico, cerrado, daba la impresión de ser otra cosa, algo diferente. Con filo.

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