Empiezo a tener estos sueños recurrentes contigo, y es entonces cuando me encantaría ser un pez, tener esa poca memoria para poder vivir cien veces lo mismo y sentirlo como la primera. Sé que tú no lo entiendes pero para mí volver a tomar tu mano o repetir mil veces nuestro primer beso sería estupendo.

Creas en mí nuevas sensaciones, esa emoción de verte, mi inevitable sonrisa cuando la gente me pregunta si siento algo por ti. Me da miedo decir que sí, el mismo temor que tengo de mirar tus ojos porque sé que me sería imposible no enamorarme de ti, lo sé porque me haces reír y para mí esa es la inequívoca señal de que empiezas a hacer palpitar mi corazón.

Siento dentro ese mar de emociones, esa sensación del amor que hace mucho que creí perdida, vuelvo a ser esa niña que cree en cuentos de hadas y en finales felices; vuelvo a pensar que el amor es lo más puro e inocente y siento esa ilusión que se tiene sólo cuando eres un niño y crees que acabas de conocer al amor de tu vida porque nunca has sentido eso por nadie más.

Tengo esa necesidad de detener el tiempo, de pedirte que te quedes conmigo, de mirarte, abrazarte y quererte detener cinco minutos más, para perderme en tu voz, para entrelazar mis dedos con los tuyos y pedirle a la estrella más brillante que me regale un “para siempre”, ese que se tiene al final de cuentos.

Es así, a tus labios los recorre un torrente de magia que me pide crear arte en tu piel, que me permitas regalarte la luna y escribir historias con mis manos sobre tu espalda. No es sólo deseo, es algo más, es mirarte y preguntarme si realmente no te das cuenta de lo que me está pasando.

Y déjame decirte que no tienes idea de lo mucho que me gustas pero puedo explicarlo sin palabras.

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MsIpRamz
Psicóloga, comunicologa, escritora de microcuentos y otros debrayes, consejera, twittera y algo geek (dicen por ahí).

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