Ésta es la última parte de éste cuento. Pueden leer la primer parte aquí y la segunda aquí. No olviden por favor comentar al final qué les pareció éste pequeño relato. Saludos y gracias por leerme.

[divider ]Día lluvioso.[/divider]

Última parte.

–          Me pregunto si nos darán la tarde libre – dijo Julia mientras regresábamos a nuestros cubículos.

Me seguí preguntando a mí misma quién era ese que parecía ser el responsable de todas las cosas extrañas que estaban pasando en la oficina. Intenté recordar su nombre, o siquiera relacionar su silueta con un rostro claro, pero no podía. Me preparé un café y regresé al cubículo. Los números se revolvían en la pantalla de la computadora y yo empezaba a sentirme mareada.

El doctor me había dicho que además de la fuerte infección en la garganta, mis defensas estaban bajas por estrés. Intenté cerrar los ojos y relajarme cinco minutos mientras el mareo se pasaba, entonces abrí los ojos y miré inconscientemente hacia la pequeña puerta que daba a las escaleras.  Tenía una pequeña ventana que permitía ver hacia ellas (o hacia adentro de la oficina, también). Mi vista se quedó perdida en esa pequeña ventana y de pronto vi pasar a la silueta. Me puse de pie y me dirigía hacia las escaleras a alcanzar a la misteriosa persona que andaba ahí, cuando el jefe me llamó.

Después de pedirme los reportes de los últimos tres meses y que hiciera el trabajo de dos semanas en dos horas, me repitió la bienvenida. Regresé al cubículo sin recordar que yo iba a hacer algo más cuando el jefe me habló. Mientras tecleaba números que no tenía mucho sentido en la vida real, sentí una corriente de aire en la nuca que me produjo un escalofrío.

Una de las ventanas de la oficina estaba abierta y la que había sido llovizna hasta hacía cinco minutos, se acababa de volver tormenta. Alguien se movió rápidamente a cerrar la ventana y, al regresar, pasó junto a la puerta de salida de emergencia. La silueta estaba ahí, mirándome.

No podía distinguir su rostro, así que lentamente me puse de pie y me dirigí hacia ella. Cuando estuve a un metro de la puerta, la silueta dio un paso atrás y alcancé a distinguir una sonrisa. Di los últimos dos pasos para abrir la puerta y entonces lo vi. Era alto y de hombros anchos. Con un poco de cabello sobre la frente, pero bien peinado. Me sonrió ahora que estábamos frente a frente e hizo un sonido con la garganta que se parecía mucho a una risa contenida.

Tomó mi rostro con ambas manos y acercó su boca a la mía. Cerré los ojos por reflejo y entonces pude sentir un tirón en mi brazo izquierdo. Sentí mis pies despegarse del suelo y como mi cuerpo flotaba justo antes de estrellarse contra el duro piso de cerámica.

Abrí los ojos, agitada, mientras instintivamente llevaba una mano a mi cabeza y sentía algo húmedo. Me asusté al pensar que era sangre, pero no había manchas rojas en mis manos. Sólo era agua. Miré hacia arriba y del techo caían gotas cada tantos segundos.

Genial, tendré que reparar el techo, pensé. Y fue cuando me di cuenta de que estaba en el suelo junto al sofá, tapada a medias con una frazada. Mi cabeza dolía, pero no tanto como mi garganta.

De pronto, de la cocina salió una silueta alta, de hombros anchos y que sonreía. Traía consigo una taza de té y un montón de frascos de medicina. Se acercó a mí y besó mi frente mientras recogía del suelo un libro de Agatha Christie.

–          ¿No puedes leer algo menos intenso cuando estás enferma?

En las ventanas sonaban las gotas de lluvia al golpetear.

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