Es de esos días en los que me llena la nostalgia, en el que los ríos que viven en mis ojos fluyen y no me dejan pensar muy bien. De esos días que tanto detestabas, en los que no querías saber nada de mí. Bueno, finalmente no tenemos nada que ver y puedo ser tan trágica como quiera. A fin de cuentas te has ido para nunca más regresar.

Gota a gota, la lluvia golpea mi ventana, acompañando esta soledad y este frío que llena la habitación. Botellas de vino, que he bebido en tu nombre, recordando cada momento tus ojos vidriosos y como cortabas mis alas para que nunca me alejara de ti. Ironía es saber que te marchaste para nunca volver.

Hablábamos de una vida juntos, de mujeres hermosas, de tiempos mejores, de sexo, de largos paseos. Ninguno se movía, ninguno quería reconocer lo que ocurría, y finalmente decidiste dar el primer paso y correr. Y fue cuando descubrí que nunca habría nadie más, que no había nadie que me hiciera vibrar o sentir que volaba sin necesidad de nada.

Hoy mis manos no tienen fuerzas, las palabras sobran, y entiendo que no puedo olvidarte porque nunca habrá quien llene tu lugar. Ni las pastillas, ni el vino, ni los amantes. No son tú, me desgarra ese hecho de saberte y no tenerte. Desearía haber frenado el tiempo cuando tus manos se enlazaban con las mías y mis dedos se deshacían cuando me preguntabas qué estaba sintiendo.

Quise hacer todo ligero, fácil, emocionante. Intentaba vivir el momento, disculpa por no haber contestado con la verdad. Por no fabricarte más sonrisas, por dejarte volar, por mandarte el mensaje demasiado tarde. Por mi incapacidad de decirte lo que realmente me hacías sentir, por mi cobardía de decirte que eras quien me hacía vivir.

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