Desde el sitio en donde siempre estoy pensando en ti, con mi eterna obstinación…

¿Te acuerdas de esa canción? La tocaste un día mientras estábamos sentados en el suelo. Eran principios de diciembre, y el frío calaba hasta los huesos. Nos cubríamos con chamarras y alguna cobija olvidada en el que alguna vez fue un salón de psicología. Tú tomaste la guitarra y me pasaste el café que compartíamos, antes de empezar a tocar, tomaste mi mano en la tuya y la metiste en la bolsa de tu chamarra. Me diste un beso en la frente y me diste esa sonrisa que hacía que mi corazón se acelerara.

Empezaste a tocar y a susurrar la letra de esa canción. Pude ver cómo tu expresión cambiaba y se iba volviendo poco a poco un gesto de dolor. Esa canción le encantaba a tu mamá. Y ella ya no estaba para escucharla. Tu voz se entrecortaba y sentía que estabas a punto de llorar, y eso me dolía.

Como te extraño, y cómo tengo miedo de perder tus pasos…

Esas palabras me devolvieron a la realidad, fuera del suave sonido de tu voz, una realidad en la que yo sabía que te irías con tu hermana a Los Angeles, pronto, aunque aún no sabía cuándo exactamente y, peor aún, no sabía si volverías.

Terminaste la canción con los ojos rojos, frente a nosotros estaban esos amigos que siempre fueron sólo tuyos y que en realidad no me querían mucho. Dejaste la guitarra bajo la mesa y me ayudaste a levantarme. Hay que salir de aquí, fueron tus palabras.

Nos sentamos bajo el árbol donde platicamos por primera vez de tu partida. Ésta vez no era yo quien lloraba, ni era por la misma razón, o quizá sí. Te recostaste en el pasto, apoyando tu cabeza en mis piernas, y empezaste a llorar. Como el mismo día en que me contaste. Ese día en el que sólo estaba contigo como amiga y tú intentabas tranquilizar mi ataque depresivo. Yo estaba detrás de un salón, llorando, odiando todo. Ni supe cómo te enteraste que estaba ahí. Sólo me abrazaste y esperaste a que terminara de llorar.

Sé que los odias, pero al menos los tienes, me dijiste mientras mirabas fijamente el cigarrillo en tu mano. Ahora era mi turno de esperar a que terminaras de llorar, a que lo sacaras todo. Por tu mamá, por irte lejos y dejar tu escuela, tus amigos y a mí.

Un largo suspiro me avisó que por el momento bastaba. Me miraste y yo te sonreí. Tus ojos hicieron lo mismo y me sentí aliviada. No podía llorar por algo que sabía que te iba a hacer bien, aunque te alejara de mí. Tenía que sonreírte tanto como pudiera, besarte tanto como pudiera, porque no sabía si algún día lo volvería a hacer. Me agaché y te besé, sentí tu sonrisa mientras lo hacía.

No he sabido decir todo lo que pienso en ti, ni he sabido hablar de amor…

No puedo evitar que las canciones de Fernando Delgadillo me recuerden a ti, y me llenan de alegría el alma. Me recuerdan cuando el amor parecía fácil, y lo era. Cuando me preferías a mí antes que a todo y que a todos, cuando nos peleábamos por quién se preocupaba más por el otro, cuando aparecías al término de mi clase con una flor. Fuiste Mis Hojas de Noviembre, mis Aclaraciones, mi Bienvenida, mi A Tu Vuelta, mi Entre Pairos y Derivas, mi Carta A Francia…

Y al hacerme esta pregunta pienso en ti, y en el camino que te traiga de regreso…

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