Me he cansado de ser soltero. ¡Es verdad! Tener 30 años y estar soltero no es cosa de risa. Por años, he visto a mis amigos casarse y tener hijos. ¿Yo qué tengo? Un trabajo de gerente en un sitio de comida rápida y cientos de páginas pornográficas guardadas en mi ordenador.

Quiero y necesito un cambio en mi vida. Lo normal: la esposa, la familia y los hijos. A estas alturas estoy casi seguro que me sé de memoria los nombres de las artistas eróticas y pues; siendo honesto, mi mano derecha necesita un descanso. Definitivamente necesito una cita.

Me he decidido a asistir a una de esas cosas para “Solteros, viudos y divorciados”. ¿Quién sabe? Igual y encuentro lo que necesito. Vestido con mis mejores “garras”; estoy dispuesto salir y enfrentarme al mundo del coqueteo y romance. Tomemos en cuenta que por “mis mejores ropas” me refiero a unos pantalones cafés y una camisa azul cielo; las cuales, por cierto, compré de oferta en el supermercado. Claramente, no iba vestido para matar.

Entré al lugar con un aire de confianza, observé a mi competencia y toda se cayó al suelo. Hombres jóvenes vestidos con ropa de marca, bebiendo whiskey, elegantes y con porte. Era evidente que no tenía mucha posibilidad. ¿Las mujeres? Bueno, había varías; tomando lo poco que quedaba de mi autoestima me acerqué a las fáciles: las de la barra.

Charlé un poco con una muchacha morena de 23 años, traía el cabello teñido de pelirrojo. Conversamos y así me enteré que acababa de terminar una relación de 6 años y tenía un niño pequeño de 2 años y medio. Había empezado su relación bastante joven y a los 4 meses de noviazgo ya vivía con el sujeto, un tal “Zoar”.

Poco a poco, me fui alejando ante la mirada perpleja de la chica. ¿Qué esperaba? ¿Qué con ese antecedente cayera en sus brazos? ¡No inventes! Afortunadamente para mí, había muchas más mujeres en el lugar, alguna de ellas debía ser la indicada. Hablé con varias, ninguna de ellas parecía tener lo que buscaba. No digo que supiera exactamente lo qué estaba buscando, pero seguramente no era eso. Mujeres con hijos, algunas con nietos, divorciadas demasiadas veces. No, definitivamente no.

Al final de la barra, vi a una mujer rubia. ¡Wow y recontra wow! Me acerqué y me pregunté por qué nadie la había notado. “Mejor para mí”, pensé. Me senté junto a ella y pedí un tequila, necesitaba valor. Noté su atuendo, un vestido azul que resaltaba lo blanco de su piel. Pregunté su nombre, me sonrió y me dijo “Me llamo Arima”.

Era el nombre más hermoso que había escuchado. Eso, aunado a que ella tenía un tono de voz que asimilaba casi a un susurro, me hicieron quedarme toda la noche a su lado. Era la mujer más hermosa del mundo; su sonrisa, la forma en que se reía de mis chistes malos. Definitivamente me estaba sacando la lotería.

Salimos del lugar y comenzamos a caminar. Intenté tomarla de la mano, pero se alejó; como una niña a la cual has intentado robarle el primer beso. Caminamos hasta las colinas cercanas a la ciudad adentrándonos en el bosque. No sabía muy bien qué estaba sucediendo, pero si ella iba a mi lado tampoco me importaba mucho.

Finalmente, tras mucho caminar tropecé con algo. Prendí la luz del móvil para alumbrar el camino y ver qué era eso que casi me hace caer. Un escalofrió recorrió mi espalda y me hizo tirar el aparato; volteé a ver a la chica y luego al piso.

Ahí estaba, una mujer rubia con un vestido azul yacía en el suelo. Me giré y me topé con los ojos miel de mi acompañante. Ella se acercó, no, más bien flotó hacía mí. Con sus manos frías como dos bloques de hielo, tomó mi rostro y escuche una única palabra antes de perder el conocimiento: “Ayúdame”.

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