La gente por lo general odia las responsabilidades y más aún cuando se sabe que están muy lejos de lograrlas llevar a buen fin, es por eso que muchas de las veces seduce la idea de que alguien más haga el trabajo que desde un principio nunca se fue capaz de hacer.

Es aterrador saber que las cosas se van de las manos, que pueden estar tirando de un hilo la vida de muchas personas, es cuando te ves indefenso y no sabes qué hacer o a quién recurrir. En ese instante llegan inesperadas preguntas como;  ¿será opción renunciar?, ¿desaparecer de pronto ayudaría?…  quizá lo mejor es seguir fingiendo que se puede llevar todo por buen cause, pero nadie sabe cuánto puede durar ese melodrama.

Todo pasa tan rápido y las cosas en lugar de mejorar empeoran, es allí cuando te das cuenta que no puedes seguir tú solo y buscas ayuda sincera.

En la incesante búsqueda de asistencia te encuentras con algo que a tu criterio no parece tan contaminado y que te puede guiar por un buen camino, ese algo es “la religión”. Todo parece miel sobre hojuelas cuando escuchas esas consoladoras palabras que te hablan de redención, de amor al prójimo y de perdón, te sientes como si aún hubiera esperanzas, las segundas oportunidades existen y tú eres merecedor de ellas.

Entonces ahora que ya has recobrado confianza en ti, quieres compartir ese conocimiento y lo haces a través de una plataforma pública para que se refuercen las esperanzas de los que te rodean y así se comparta esa sensación de bienestar placebo social, haciendo creer que todo irá bien a miles de personas que también buscan consuelo.

En el momento en que te toca llevar las riendas y enfrentarte a los demás te asalta la duda, te invade el miedo, pero ¡no puedes desperdiciar el momento!, aprovechando toda la pantomima y mejor para no errar, le das las llaves de tu vida al hijo Dios, ya que confías más en él que en ti. El hijo de Dios sabrá llevarte por el camino del bienestar o al menos eso le hará pensar a los demás, el hijo de Dios nunca se equivocaría.

Y todo acaba como empieza, con la necesidad de evadir responsabilidades, obligando a otro a que conduzca un autobús ajeno para que sus pasajeros no caigan en un abismo posiblemente destinado.

Es más fácil culpar a un tercero si las cosas no salen bien.

Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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