Ha transcurrido un mes desde que se estrenó la segunda temporada de The Crown pero el tiempo es lo de menos. Cuando tenemos una serie de este calibre es preferible verla a un ritmo paulatino y degustar cada episodio de la misma forma en la que se han abocado a contar cada suceso que ha marcado la historia en cuestión. No importa la magnitud, cada hecho es retratado con tal dedicación que consigue equilibrar la importancia y el interés de los mismos durante toda la temporada.

Cuando en 2013, The Audience, una obra de teatro sobre las audiencias que mantienen periódicamente la Reina y el Primer Ministro vigente, se presentaba en los teatros londinenses, Peter Morgan (The Queen), creador de la misma, tuvo la idea de hacer una serie sobre el reinado de Isabel II, probablemente la persona más famosa del mundo que ascendió al trono con sólo veinticinco años tras la repentina muerte de su padre y que hoy es la jefa de estado de mayor edad, tras más de sesenta años bajo la corona. Así nació The Crown, probablemente la producción más ambiciosa de Netflix (su segunda temporada costó 100 millones de dólares) con la cual busca hacer frente a los trabajos que nos tiene acostumbrados HBO o la misma cadena británica BBC.

Su primera temporada se estrenó en 2016 y despertó estupor en la audiencia, esa misma que la adoptó como la sucesora de Downton Abbey, no sólo por retratar los hechos (y escándalos) que marcaron a Lilibeth y el resto de la familia real por allá en la década de 1950 (y años anteriores) sino por hacerlo con humanidad y vulnerabilidad, dos características que no tienen cabida en el seno de los Windsor que, como rostro de Inglaterra, han buscado proyectar perfección durante años. Tras la cálida recepción, que le llevó al ganar el Globo de Oro como mejor serie dramática, fue renovada para una segunda temporada que, a diferencia de la primera donde las decisiones de la Reina tienen un impacto en la vida de los otros, sufre un vuelco al ser la decisiones de los otros los que tienen un impacto en ella.

LAS INSEGURIDADES DE UNA REINA

Aunque Isabel pase todos los días solucionando los problemas que han causado otros señores (los Primer Ministros Anthony Eden y Harold Macmillan y su esposo, el Príncipe Felipe) y tenga mayor experiencia como jefa de estado, The Crown opta por desplazar la imagen más política de la Reina, que después de todo es la que el mundo conoce, y en su lugar refleja las inseguridades que, como cualquier humana, en más de una ocasión le agobiaron. Como cuando su autoridad se vio amenazada por la rebelión en Egipto que culminó en guerra. O cuando su idílico matrimonio se desmoronó y a pesar de no ser ella la culpable fue quien dio el primer paso para restaurar las bases del mismo. O cuando la inofensiva visita (ante la mirada pública) de los Kennedy desencadenó en la Reina su inseguridad sobre envejecer o pasar desapercibida ante la mirada del mundo, en contraste con la euforia que despertaba Jackie en cualquier sitio que pisara, que más tarde serviría para reclamar mayor confianza en sí misma. Por cierto, basta un solo episodio de The Crown para diseccionar la imagen perfecta de los Kennedy. Otro de los momentos claves de la serie es ver a la Reina, jefa de la iglesia católica en Inglaterra, tener segundos pensamientos sobre la fe y debatir entre lo correcto o hacer lo debido e incluso acudir al pastor evangélico Billy Graham como guía espiritual.

Mostrar tales inseguridades, tales tropiezos, es indispensable para entender quién es realmente Isabel II, no para representar una imagen débil sino un lado vulnerable que le permite crecer ante las adversidades. Porque antes que Reina es humana y que ni siquiera la mujer más importante del mundo está exenta de ello.

LA MASCULINIDAD TÓXICA DE UN PRÍNCIPE

En esta ocasión el Príncipe Felipe juega un rol en la historia tan relevante como el de la Reina misma, no sólo porque es la otra mitad del matrimonio que en esta temporada abarca una parte considerable de la historia, sino porque es quien tiene la ¿cualidad? de despertar amor y desprecio por parte de la Reina a cantidades iguales en parte por la contradictorio (e impertinente) personalidad de este. Felipe ama a Elizabeth pero es incapaz de renunciar a su espíritu mujeriego. Y a su vez es incapaz de sentirse satisfecho de poseer el amor de Isabel por su complejo de inferioridad. Nunca se ve al lado de esta, sino detrás.

Felipe también se muestra reacio a profesar afecto ante el temor de que se intérprete como debilidad por eso recurre constantemente al cinismo o a la extrema autoridad cuando se dirige a su propio hijo, Carlos. Un hecho que marcó la relación entre ambos, tal como se expone en el episodio Paterfamilia, fue cuando el Príncipe envió a su hijo al internado Gordonstoun School en contra de la voluntad de su tío Dickie o la mismísima Reina solo para que Carlos tuviese la misma educación que él, aunque eso signifique una pesadilla para el príncipe de Gales, en aquel entonces un niño, que durante su estadía en el internado fue víctima de vejaciones por parte de sus compañeros y como el mismo describiría más tarde “vivió un completo infierno”.

LA (EXTRA)ORDINARIA VIDA DE UNA PRINCESA FUERA DEL CASTILLO

El contraste entre Isabel y su hermana Margarita es uno de los elementos más atractivos de la serie porque cada una representa un rostro diferente de la realeza que podría encajar en cualquier familia. Isabel es comedida, Margarita es impulsiva. Isabel antepone el bienestar de los demás frente al de ella, Margarita es egoísta y malcriada. Isabel prefiere la discreción, Margarita ama ser el centro de atención. Isabel se hizo Reina, Margarita nació para serlo y aun así da la sensación de ser la oveja negra de la familia.

Sin embargo la personalidad de esta es, desde lejos, más terrenal y por eso, por primera vez, se atreve a ser ella misma fuera del castillo, conviviendo entre plebeyos. Y no queda duda de esto cuando su interés amoroso resulta ser un fotógrafo bisexual que, por supuesto, encenderá las alarmas en el castillo de Buckingham porque todo es así con Margarita: intenso, pasional. No hay tintes medios.

LA EVOLUCIÓN COMO ARMA DE DOBLE FILO

El quinto episodio, Marionetas, sirve como punto de inflexión para la serie tal como lo hizo el hecho que narra en el mandato de la Reina. Lord Altrincham un joven periodista se atrevió a criticar un discurso de la Elizabeth donde le aconsejaba no mostrarse tan distante, mostrar mayor interés en avanzar. Al comienzo la crítica de Altrincham fue recibida por la Reina y toda Inglaterra como un acto descortés pero que acabaría, como siempre, con Isabel replanteado todos los escenarios para disgusto de los señores que la rodean.

Inglaterra estaba cambiando y ella seguía aferrada a lo viejo. Que por cierto la Reina Madre lo representa muy bien como la conexión intrínseca entre Isabel y los ideales más obsoletos entorno al significado de la corona. Un simple gesto: televisar en vivo el mensaje navideño de la Tierra sirvió como primer paso para ese avance que el pueblo inglés, sin saberlo, le exigía a la Reina.

Mucho se ha especulado sobre si la mismísima Reina ve la serie o no, nada ha sido confirmado, pero en su pasado mensaje navideño La Reina hace mención al discurso que se menciona en la temporada y los espectadores han reclamado esto como un guiño a la serie, alimentando el runrún de que en efecto The Crown si tiene audiencia en el Palacio de Buckingham.

UN DOLOROSO ‘HASTA LUEGO’

Los cien millones de dólares que se ha gastado Netflix en la serie es evidente ante la impecable producción que deleita al espectador episodio tras episodio. La década en la que se ambienta la serie (finales de los 50, inicio de los 60) queda plasmada perfectamente gracias al diseño de producción, el impecable vestuario y una banda sonora que hace juego con la fotografía, ambas imponentes y sofisticadas como la Inglaterra de hace medio siglo. Obviamente la producción y la historia, junto al trabajo interpretativo, conforman la trinidad que hace de The Crown una de las mejores series de los últimos años. Vanessa Kirby y Matthew Goode se convierten en un espectáculo cuando la serie decide centrarse en ellos; Matt Smith vuelve a apoderarse del personaje de Felipe de Edimburgo con una carisma arrolladora, pero es Claire Foy quien se adueña del espectáculo con una interpretación superlativa que no sólo refleja la personalidad de la Reina con un trabajo de dicción y expresión corporal de primera sino por su manejo de gestos y miradas que transmiten más que una decena de diálogos.

Tristemente el final de esta temporada supone un punto y aparte en la serie porque, aunque continua con una tercera entrega que ya está en desarrollo, contará con nuevos actores por lo que este ‘Hasta luego‘ se traduce como un ‘Adiós‘ por parte de los protagonistas. Olivia Coleman ha sido anunciada como la nueva Reina mientras que los rumores apuntan a que Helena Bonham Carter será la Princesa Margarita. Mientras llega el momento de deleitarnos con los sucesos de la corona en la década de los setenta podemos acotar la espera con otras series sobre la monarquía británica o por qué no revisionar The Crown desde su inicio. Valdrá la pena.

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