“Soy la voz silvestre que se marchita en el olvido”. Fue lo que dijo la voz que salía de la televisión, hablaba con un bello acento que lo delataba como extranjero, argentino tal vez sería. Inmersa en mis pensamientos, esa frase me llamó la atención, resaltaba como una montaña a la mitad de un terreno completamente liso.

   ¿Soy la voz silvestre que se marchita en el olvido? ¿Qué era eso?, podía ser el verso de algún poema, una clave, una canción, un reclamo, tan sólo una idea o incluso una declaración. Durante unos minutos intenté entenderlo, quise darle forma y saber de qué estaba hablando aquél presunto argentino. Estaba intrigada y de pronto olvidé todo en lo que había estado tan sumergida, eso que me había tenido tan absorta y ensimismada, lo que había dado vueltas en mi cabeza desde hace tantas semanas repentinamente parecía humo en los pensamientos; descifrar lo que aquella frase quería decir, qué significado le daban, a quién, porqué y para qué, se volvieron preguntas que buscaba responder.

   Pero era muy difícil saber de que hablaba aquél personaje, ni si quiera tuve la oportunidad de ver su rostro, no tenía idea de si era una película, un comercial, ¿estaba triste?, tal vez hablaba sólo, tal vez leía un libro en voz alta. La gama de situaciones y contextos era increíblemente amplía y eso no me permitía entenderlo; terminé inventándome yo sola un guión donde la frase quedara como pieza de rompecabezas.

   Descubrí que en realidad, lo interesante no era identificar el contexto de la frase, sino por qué esa frase me había llamado tanto la atención, lo que significaba para mí o lo que entendía yo de ella. Tal vez fue la naturalidad de la frase, tenía frescura, “silvestre” me recordaba al campo y al aire puro, al juntarlo con voz, por alguna razón, imaginaba a un hombre hablando con tanta ligereza, con tranquilidad y lleno de vida, pero “marchita” y “olvido” me referían a todo lo contrario, me inspiraban muerte, pena, abandono; era un gran contraste.

   Y así entendí que ser la voz silvestre que se marchita en el olvido bien podría ser la frase que pronunciara algún final, como aquél de quien nadie sabe nada y todos terminan olvidándolo. Tal vez ese libro que una vez leí y aunque me gustó jamás volví a tocar, con el tiempo ni si quiera recordaba que lo tenía; o la casa en la que alguien alguna vez vivió y estuvo llena de vida, donde se construyeron muchos recuerdos pero hoy ya será demolida, o esa pareja que durante años vivió en la felicidad y en la miel pero están a punto de separarse, como la flor que se me olvidó regar durante una semana y se marchitó.

   Esa voz silvestre, esa persona, ese lugar, ese momento, esa historia, que no por terminarse deja de existir, sino por ser olvidada es que se marchita.

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Mariana Huerta
Soy Mariana, estudiante de la escuela y de la casa, de las amistades y del día a día, estudiante de la vida. Quizá mis cortos años; porque sí, son pocos; no me permitan decirles todo lo que he hecho pero sí todo lo que soy. Me gusta sorprenderme pero me gusta aún más sorprender. Escribir es un lujo, mi pasión, mi escape y contacto con la Mariana de adentro, con todo lo que me rodea. Un gusto estar aquí.

1 Comentario

  1. “Soy la flor silvestre que marchitó el olvido”, la escuché por primera vez en el Chapulín Colorado al fallecido comediante: Ramón Valdez. Efectivamente parece el fragmento de un poema, es la flor del más sórdido matorral que apareció un día lisa y llanamente para ser admirada y ya pasada las horas ( o los días, las semanas. los años, los siglos) ha sido vencida por el tiempo. La bella flor vive su agonía y expresa tal elocución sin temores a un idealizado oído.

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