Soy Eva.

Mi mamá pensó que era buena idea ponerlo como primer nombre y seguirlo del de mi abuela, y que eso neutralizaría el poder de Eva.

Es cierto, crecí con el diminutivo del nombre heredado – más bien enjaretado, sin opción a réplica -, pero creo que eso sólo acrecentó mis ganas de dejar de ser la pequeña nietecita y querer ser Eva nada más.

Llegó el momento en que quise ser alguien más, y a mi diecisiete años huí de Eva y el otro nombre, como si no hubiera mañana. No quería ser lo que se suponía que debía. Estaba harta de la pequeña, pero me asustaba ser Eva. Y es que, ¿con qué derecho le pones así a tu hija?

De pronto todos empiezan a preguntar a por Adán y asumen que lo mataste, cortaste en pedacitos y arrojaste los trozos al río, sólo porque la primera con ese nombre le ofreció una manzana a su marido. Una fruta que, por cierto, sólo implicaba búsqueda del conocimiento. Eva sólo quería saber. Y por ello fue expulsada del paraíso y condenada a parir con dolores horribles y a que fuera la primer humana en la historia en condenarnos a todos.

Muy bonito. Una sólo quiere salir de la estupidez y de pronto, eres responsable por todos los males del mundo.

No es una carga ligera. Pero ese no es el punto.

Temía ser Eva, pero no quería ser la pequeñita miedosa toda la vida. Aquel seudónimo me sirvió para protegerme mientras entendía que en esta vida, hay que hacer lo que hay que hacer.

A estas alturas de mi vida, Eva es mi escudo. Eva es fuerte, no le tiene miedo a lo que digan los demás y siempre busca aprender, más que someterse a lo que algún ser barbón y con superpoderes pueda decir. Acepto mi responsabilidad sobre mí misma, pero me niego a pensar que los problemas del mundo o los demás, son míos. Y creo que merezco respeto. Por intentar sacar a la humanidad de su desnudez intelectual, del paraíso de la estupidez y haber hecho que el babotas de Adán le diera siquiera un mordisco a la fruta de la realidad.

Ser Eva no es fácil, pero definitivamente es muy divertido.

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