Ayer, en el salón de plenos de la Cámara de Diputados, el reloj ubicado al fondo indicaba que ya eran las 11am y la pantalla, justo arriba, mostraba el nombre de los casi 500 diputados que habían registrado su llegada; aunque dentro del recinto, contando incluso a las personas de prensa, difícilmente se juntaran 400 personas.

   Sonó la campana que indica el inicio de la sesión y ante la cual todos deberían ocupar sus puestos. Entre otros asuntos, estaba por discutirse un proyecto de decreto al reglamento de la Cámara de Diputados en materia de restricciones para cabildeo de funcionarios y los impuestos aduanales. Por turnos y disponiendo cada quien de cinco minutos, los diputados pasaban al frente para exponer su posición, a favor o en contra, de lo que se estaba discutiendo.

   Pero no se vayan con la finta. En la Honorable Cámara de Diputados los más importante no es discutir las leyes que nos rigen, claro está. Ahí, el espectáculo principal son nuestros responsables y muy bien asalariados diputados.

   Mientras los oradores se dedican a hablar, la sala medio vacía parece el patio de una escuela cualquiera a la hora del recreo. Una bolita por aquí, un grupito por allá. Saludos, besos, risas, un chiste, las últimas noticias, el nuevo chisme…  ¿A quién le importa lo que el viejo loco del frente esté diciendo? Parece que no tiene ni caso que le presten atención, al fin que todo está decidido ya.

   Es triste, es deplorable y llena a cualquiera de gran impotencia el ver sus ostentosas ropas, sus lujosas camionetas y la gran vida que llevan, a cambio de levantar la mano cuando ven que los demás la alzan, a cambio de entrar corriendo a la sala, presionar el botón con el que votan y regresar corriendo al restaurante o al área de fumar.

   Confieso que uno o dos se toman su trabajo en serio, uno o dos pasan al frente y se lamentan que nadie los esté oyendo. Uno o dos miran con indignación al resto y les reclaman con la moral bien puesta. Pero uno o dos no son suficientes, tampoco tres ni cuatro. Tenemos esa Cámara y el resto del gobierno infestado con especímenes de la misma calaña, cortados por la misma tijera con el filo de la corrupción.

   Aquellos que tienen ya su lugar asegurado pueden darse el lujo de no aparecer, aquellos con amigos influyentes pueden darse el lujo de desechar las leyes que quieran y jugar en su celular a la mitad de la sesión.

   Nosotros, los que sí somos reemplazables y los que tenemos amigos que a duras penas nos consiguen un lugar en la fila de los boletos del metro, nosotros sí le tenemos que echar ganas. Nosotros, que sí podríamos perderlo todo y que tenemos aunque sea dos dedos de conciencia, somos los pilares de aquellos que nos pisotean, que intentan mirarnos desde arriba y juegan con nuestras pequeñitas vidas. Y como buenos pilares, no sostendremos una construcción mal lograda, seremos columnas derechas y bien puestas, con el valor suficiente para hacer lo correcto cada día y no dejar de luchar.

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Mariana Huerta
Soy Mariana, estudiante de la escuela y de la casa, de las amistades y del día a día, estudiante de la vida. Quizá mis cortos años; porque sí, son pocos; no me permitan decirles todo lo que he hecho pero sí todo lo que soy. Me gusta sorprenderme pero me gusta aún más sorprender. Escribir es un lujo, mi pasión, mi escape y contacto con la Mariana de adentro, con todo lo que me rodea. Un gusto estar aquí.

3 Comentarios

  1. Eso de “nos consiguen [los amigos] un lugar en la fila de los boletos”, es una pequeñita y casi insignificante semilla de corrupción, que se podría pasar por alto. Pero tiene todo el potencial de crecer y volverse una soberbio matorral de ostentosa ropa y lujosa camioneta.

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