Nunca nadie nos enseñó cómo se debe amar, cómo besar a una mujer, o cómo mirarla a los ojos para de pronto regalarle un “te quiero”. Uno aprende sobre la marcha, arruinando relaciones de la manera más ridícula que se pudiera, pero siempre con una moraleja importante; lamentablemente, la mayor parte del tiempo esa última lección es lo único que nos llevamos de las personas que algún día caminaron a nuestro lado.

Muchas veces se trata de combates de boxeo fugaces y otras tantas de partidos de futbol con derrota en el último minuto. No tengo duda. Más de una vez me he ido a la lona tras el primer round, y he sido también el villano que batea de strike para poncharse en la última entrada, pero si algo me ha enseñado la vida es que la revancha siempre llega, a veces más temprano que tarde y viceversa.

Un chorro de agua fría en el rostro y un abrazo compasivo son suficientes para levantar la cara. Uno vuelve a circular, con las esperanzas bien apretadas en el puño, pero con el temor tatuado en el cráneo. Un paso en falso y todo podría irse al vacío; amar es difícil, pero confiar lo es más. Las mentiras son una constante en el mundo del corazón, y aprender a descifrarlas requiere de una serie de descalabros mayores.

Incendiar cartas, degollar peluches y detestar canciones son males necesarios en vía de la regeneración, pero más que eso, se trata de un ritual infalible durante el mal de amores. No se necesita la sangre de una gallina negra; basta con una noche de lágrimas sinceras para purificar el alma y desahogar las tristezas. Es importante mantener la cautela frente a los embates traicioneros de la memoria, que se aferra a recordarnos las sonrisas y miradas que más de una vez nos hicieron remar hasta en contra de nuestros principios.

La compañía romántica es a veces un atajo rumbo al clímax emocional, pero significa también una posible ruta directa al precipicio. El amor, como una rosa, es en un principio bien parecido, de un color brillante y estructura inmejorable, pero con el paso del tiempo se marchita, se seca y cae pétalo a pétalo; pedazo a pedazo se desmorona. Es, bajo la óptica adecuada, un obsequio de la vida, una galantería imposible de resistir que nos hace confiar hasta el pitazo final.

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Nostálgico poro a poro. Siempre apasionado, de decisiones precipitadas y metas quizá inalcanzables. Las letras son mi salida de emergencia ante cualquier tipo de problemas. La vida me ha orillado a un estado de pesimismo casi por automático del que sólo puedo escapar cuando mis dedos recorren la fría superficie del insensible teclado.

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