Un gato caminaba sobre el muro que dividía el cementerio de Santa Úrsula del llamado Callejón del Diablo; era un gato escuálido, veterano de las batallas por la defensa del territorio, las cicatrices cubrían todo su cuerpo y muy probablemente le faltaba un ojo (en realidad no sé si le falta el ojo, me lo imagino porque hay poca iluminación en el callejón).

Sólo al imbécil de Javier se le ocurriría citarme aquí. Bueno, no es necesariamente es un cita romántica, de hecho creo que Javier no es la persona con la que me gustaría salir en este momento; y hasta eso, no es feo, pero es un verdadero imbécil. El caso es que Javier ha sido mi amigo desde el kínder, y aunque debo confesar que el semestre pasado terminamos besuqueándonos después de una fiesta, creo que yo me había tomado una cuba que me cayó fatal y el tarado se aprovechó; y no besa mal, pero equis, estamos aquí por otra cosa. Nadie viene al callejón del diablo sólo porque sí.

Quiero marihuana, ya sé que van decir, que una niña bien no debería fumar hierba; y no, nunca la he fumado, sólo tengo curiosidad por probarla; mis amigas del instituto dicen que estoy loca, que eso es para gente muy ordinaria, pero bueno, ellas se pierden en cristal cada ida al antro. Tampoco he probado el cristal, pero leí en una revista que eso te deja tonto, y que la mota es chida, algo así como el menor de los males. Javier fuma, lo hace desde la secu, sólo que ahora que está en letras lo hace más abiertamente. A mi falta un semestre para entrar a la uni, digo no reprobé ni nada, sólo me fui a Canadá un año, por eso Javier entró a la Uni antes que yo.

Bueno, el punto es que espero que Javier regrese del fondo del callejón a donde fue a comprar la hierba, y el gato en la barda del cementerio me distrajo de alguna tontería que pensaba, y es que hasta eso, soy muy imaginativa y se me estaba ocurriendo que este lugar es tan tétrico que serviría para una película de zombis. Estaba imaginando que Javier y yo corríamos atravesando el cementerio huyendo de los muertos que salían de sus tumbas, tomados de la mano, sin soltarnos, de repente yo tropiezo y un zombi me toma por el tobillo, está a punto de morderme cuando Javier suelta una horda de golpes de karate y me salva; aunque esto le cueste ser mordido por un zombi que salió de la nada y lo transforma. Definitivamente creo que mi futuro es el cine, así que desde ya le diré a mi papá que buscaremos donde estudiaré en Los Angeles.

Javier regresa, camina muy despacio con las manos en la bolsa del pantalón, su rostro inexpresivo, a cada paso pareciera que da un traspié, su mirada está perdida, y tiene un gesto raro, conforme se acerca noto que es una sonrisa un tanto extraña. Cuando pasa junto a mí no se detiene, lo sigo; con la luz deficiente del callejón, la piel blancuzca de Javier luce más verdosa, no sé porque siento el impulso de abrazarlo y besarle la mejilla, con asco noto que un hilito de baba apenase se asoma por la comisura de sus labios y sus ojos están rojizos. ¡Javier es un zombi! Lo suelto de golpe y me quedo ahí parada, el voltea hacia donde estoy y me dice:

–          Me di unos toques allá atrás; ¡que buena está la hierba! Vamos a ponernos bien estúpidos, como los zombies de esas películas “pata” que te gustan…

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Miguel Pérez
Miguel Pérez, profesional del comercio exterior subempleado con una malsana obsesión por ser escritor. Ensayista, narrador y cuentero totalmente desconocido y parcialmente deslactosado. Escribe en su blog Gegenverfrendungs-Effectk (http://www.en-el-divan.blogspot.mx/) desde 2005. Ha colaborado en varias revistas electrónicas.

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