Mi nombre es Mariana, para los que aún no se enteraban. Hay personas que desde pequeñas sueñan con algún día tener un hijo o una hija y llamarlo de tal forma. Hay parejas que en los meses que dura su embarazo, casi compran una librería entera en la búsqueda del nombre para su bebé. También están los que sostienen a su recién nacido y cuando “le ven cara de …” así le ponen.

   La elección del nombre es algo tan fortuito, tan casual, que es muy difícil imaginar que la vida de alguien pueda estar siquiera mínimamente influenciada por esa palabra. De hecho, es una carga  muy pesada para un simple montón de letras.

   Para muchos, en realidad, lo que nos define son nuestros actos, no bajo qué nombre los hagamos. Sin embargo, es curiosa la conexión que de vez en cuando se produce entre lo que hacemos o somos y el mote que cargamos.

   Lo anterior, perfectamente ejemplificado en los apodos que cada quién se ha ganado a lo largo de toda su vida. Esos pequeños o grandes detalles de nuestro aspecto físico, las cosas que hicimos o las que no, incluso las experiencias por las que hemos atravesado; nos hacen acreedores de una etiqueta con la que caminaremos día a día; esos bellos y casi nunca incómodos apodos que llegan a desbancar con singular alegría los nombres que con tanto cariño nuestros padres escogieron.

   Así que, si el apodo o el cómo nos llaman puede ser definido por quienes somos, ¿qué tan factible es que suceda a la inversa? No es una gran pregunta ni mucho menos un misterio de la vida; de hecho, nunca lo había pensado y me atrevo a asegurar, que la mayoría de ustedes tampoco lo ha hecho.

   Yo llegué a este punto tras hablar con un amigo que tuvo el atino de recordarme que mi nombre, si bien es de origen hebreo y de acuerdo a los libros de significados se refiere a la que viene del mar o es una variante de María la virgen, cuando “Mariana Huerta Guerrero” fue asentado en mi acta de nacimiento, mis papás no pensaban en nada de eso.

   Si alguien ha leído Las Batallas en el Desierto,  de José Emilio Pacheco, o si entre los lectores se encuentra algún seguidor de la agrupación Café Tacuba, probablemente recordarán la canción Las Batallas, compuesta en honor al libro mencionado. En esta historia, un pequeño niño se enamora de la joven madre de su mejor amigo, cuyo nombre, por supuesto, es Mariana.

   No creo que si me llamara de una forma diferente, mis gustos o pasiones fueran distintos, pero es un poco inevitable darme cuenta de que siendo mi nombre, uno salido de un libro o en su defecto, de una canción, mis grandes compañeros en la vida sean la escritura y la música.

   Desde que era un pequeño embrión en el vientre de mi madre, hasta la fecha, disfruto al igual que ella, la compañía y la belleza de la música en la vida; por otra parte, desde que aprendí a leer y escribir, siento que tengo las herramientas correctas para salir adelante con mi gran pasión.

   Quizá Mariana yo y Mariana la del libro nunca vayamos a conocernos, quizá nunca, bajo ninguna circunstancia, se relaciona un nombre con su portador; pero tal vez y sólo tal vez, de vez en cuando puedan existir algunas excepciones, cuya pasión o verdadero centro sea tan grande y real que hasta en el nombre puedan llevarlo.

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Mariana Huerta
Soy Mariana, estudiante de la escuela y de la casa, de las amistades y del día a día, estudiante de la vida. Quizá mis cortos años; porque sí, son pocos; no me permitan decirles todo lo que he hecho pero sí todo lo que soy. Me gusta sorprenderme pero me gusta aún más sorprender. Escribir es un lujo, mi pasión, mi escape y contacto con la Mariana de adentro, con todo lo que me rodea. Un gusto estar aquí.

9 Comentarios

  1. Es interesante, Mariana parece ser algo relativo a María, y María quizá tiene su origen no en el hebreo sino en el egipcio con el significado de amada. No se como se escriba en egipcio, pero en hebreo es:
    מריאנה

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