Definitivamente te extraño, no puedo evitar extrañar tus ojos, tus labios y tus manos recorriendo mi cuerpo. Odio pensar en las miradas traviesas que nos conectaban cuando te encontraba en los pasillos, en la forma en la que ambos buscábamos rozar la mano del otro por “accidente”.


Quizá todos sabían que nos deseábamos, pero la cobardía de acercarnos nos hizo perder muchos momentos y alargar esos coqueteos que yo creía que no notabas. No niego que me encantó ser parte de ellos y haber tenido que armarme de valor en esa fiesta para acorralarte y robarte un beso, lento, como todo entre nosotros.


Sé que nunca planteaste que fuésemos nada, pero atesore cada segundo a tu lado, cada mirada y esa forma en la que nuestros cuerpos se fusionaban al abrazarnos. Fue el primer error, suponer que sentías lo mismo que yo. El segundo fue pensar que mis brazos eran tu refugio y nuestros besos la promesa de algo eterno.


Pero para mí era tan claro que temblabas entre mis brazos mientras hacíamos eso que tú llamabas sexo y yo denominaba amor. Tu entrega apasionada me confundió, me perdí en tus uñas arañándome la espalda y la manía que tenías por mordisquear mi labio inferior al besarnos.


No sé, tal vez debí preguntar, dejar de soñar con eso que yo veía acabar en altar, una casa en el campo e hijos; eso que tú sólo planeabas hasta encontrar un reemplazo perfecto. Ese con el que te vi tan entregada la noche que entré a tu apartamento sin cita. 
No lo tomes a mal, sé que no fue tu culpa, tú no fuiste la que “arruinó” todo con ese “te amo” que se escapó de mis labios esa noche mientras acariciaba tu cabello. 


Hoy sé que hiciste bien en alejarte y no dejarme seguir con la historia que formaba en mi cabeza. Gracias por dejarme, por asesinar sin piedad lo que yo sentía por ti y liberarme de lo que nunca pudo ser. Sé que un día, sin darme cuenta, sin saber siquiera porque , alguien pronunciará tu nombre y yo no tendré ganas de salir corriendo a buscarte, así sin más te dejaré de extrañar.

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