“Las últimas palabras de alguien suelen carecer de sentido, tanto como las primeras.”
– Game of Thrones.

La primer palabra de Gisela, como la de la mayoría de bebés, fue “mamá”, y había sido seguida de un montón de balbuceos sin sentidos. Guaguá, tete, bubú; perro, leche, juguete. Tato, carro.

Gisela y sus grandes ojos verdes habían vivido apenas treinta años, habían reído hasta llorar y llorado hasta dormir. Habían amado, sufrido y visto más cosas que la mayoría de la gente en toda su vida. Y es que Gisela y sus grandes ojos verdes, veían más allá del presente. Podían ver el pasado y podían ver el futuro de cualquier persona, de cualquier cosa.

Habían visto el accidente de auto que mató a su madre, cuando sólo tenía 14 meses de edad. Lo vio cuando su mamá la miró a los ojos, mientras la arrullaba, horas antes de salir de casa a visitar a una amiga, mientras dejaba a Gisela al cuidado de su padre. Mamá, dijo Gisela esa tarde, y su madre lloró de alegría mientras buscaba el teléfono para contarle a su esposo que la bebé había hablado.

Gisela había vivido treinta años con el temor de todo lo que ella y sus ojos podían ver, de todo lo que podía saber de alguien con sólo mirarle a los ojos.

Había conocido a un chico, Eduardo. Cuando cruzaron miradas en el metro, Gisela pudo ver en los ojos de Eduardo un anillo y su propia sonrisa al recibirlo. Se sonrojó sin darse cuenta de que Eduardo seguía mirándola. Cuando ella apartó la mirada, él se acercó, convencido de que había encontrado a alguien especial. Estuvieron juntos dos años, hasta que un día, el día que Gisela había visto en los ojos de Eduardo, llegó. Cuando Eduardo se arrodilló ante ella para entregarle un hermoso anillo que acompañaba la pregunta más importante de su vida, y ella lo miró a los ojos, convencida de decir que sí, vio en el futuro de Eduardo el más grande dolor que había imaginado.

Él yacía en el suelo, con un arma en su mano y un agujero en la sien. Yacía frente a una tumba que rezaba “Gisela N. Amada hija. Amada, siempre.”

Cayó en sus rodillas ante la impresión, y lloró hasta que sus ojos se secaron, ante la mirada confundida de Eduardo, que sostenía el anillo en la mano que no sostenía a Gisela. Cuando se calmó, Gisela se puso de pie y se disculpó, corriendo hacia una avenida cercana para tomar el primer taxi que pasó, sin hacer caso a los gritos de Eduardo a su espalda.

“Sólo quiero ir a casa”, suspiró. Le dio indicaciones al conductor y cerró los ojos. Al abrirlos, notó que no estaba cerca de su apartamento, pero sí de la casa donde había crecido. Con confusión, miró al conductor, que le sonreía en el espejo retrovisor.

Al ver el reflejo de sus ojos, Gisela sintió un escalofrío en la espalda. En el futuro que veía, su madre sostenía su mano, mientras ambas flotaban en un campo verde. Se sentaban bajo un árbol y esperaban, hasta que Eduardo llegaba y le besaba. Cuando Gisela apartó la vista del espejo y el reflejo en él, miró hacia adelante en el camino. El final de la carretera era seguido por el mismo precipicio en que su madre había muerto.

Los árboles se veían borrosos, las casas no existían más que como manchas blancas. El auto voló unos metros, mientras Gisela miraba de nuevo al conductor y se dio cuenta de que no era quien había visto antes. “Mamá”, fue su última palabra antes de cerrar los ojos.

Despedida temporal:

Queridos lectores: He decidido ausentarme un par de meses de NeoStuff, para dedicarle tiempo a algunos proyectos personales y profesionales que tengo en mente. Ésta ausencia terminará, eso espero, para el comienzo de diciembre.
Por lo pronto, les pido que lean mis demás textos aquí, y a mi regreso, les agradeceré haberlo hecho y les compensaré con más cuentos y otras cosas.
Hasta pronto.

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