Nunca la había visto llorar; no fue un llanto desconsolado, más bien lágrimas de nostalgia, de impotencia, quizá. En ese momento, al verme, sus ojos se enrojecieron, y poco a poco, gota a gota, derramaron un par de lágrimas. Me sorprendió: una mujer con su carácter y actitud no parecía frágil por donde se le viera. Allí entendí que ante los embates agresivos del amor, nadie sale ileso.

El discurso fue sincero, pero el diálogo no constó de palabras; nuestro llanto lo decía todo aun sin decir nada. La voz iba y venía, yo no era capaz de entablar una conversación constante, el sentimiento se apoderaba de mí. Los silencios se mezclaban con mis sollozos: ella escuchaba atenta, con el cabello cubriendo su rostro, como si le avergonzara que yo notara la humedad apoderándose de sí.

Su piel, aquella que tantas veces me hizo soñar, era acariciada por el flujo de las lágrimas. El líquido apenas recorría un par de centímetros de su terso cutis cuando ella se encargaba de secar sus pómulos con un par de dedos. Fijaba su mirada en mi rostro. Yo, sin pena, y quizá sin dignidad, permitía que las gotas transitaran libremente desde mis entrañas. No pude parar, deseaba gritarle mi querer, pero enmudecí. El llanto habló por mí.

Por momentos se trató de un monólogo, yo intentando limpiar los daños, justificar mi estupidez y zurcir un par de corazones que se descocían tras un nuevo choque de carácter. El resultado no fue el ideal, nadie salió herido, sólo un par de rasguños en el alma, pero no tan profundos como para llamar una ambulancia. Sinceramente, aún con el dolor interno, no creí necesario visitar al médico; mucho menos llamar al 911.

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Nostálgico poro a poro. Siempre apasionado, de decisiones precipitadas y metas quizá inalcanzables. Las letras son mi salida de emergencia ante cualquier tipo de problemas. La vida me ha orillado a un estado de pesimismo casi por automático del que sólo puedo escapar cuando mis dedos recorren la fría superficie del insensible teclado.

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