Envié este texto a un concurso nacional de cuento en mi país, al final no supe si calificó o no, porque aún sigo esperando noticias al respecto. Pero de las cosas que he escrito ha sido la que me ha salido más profundamente desde el corazón. Lo comparto con ustedes.

Fuente de imagen: http://www.deviantart.com/art/It-s-Love-17926930

Encerrada en la burbuja de aquellos sueños que a veces se desdibujaban en el horizonte, nunca se había dado cuenta de que aunque conocía muchos sentimientos, no conocía realmente el amor.

Sumida como estaba, en la contemplación de todo aquello que tenía pendiente y que en el afán de su juventud, creía que ya era muy tarde para conseguir, nunca se había detenido realmente a pensar con el corazón. Y es que una cosa era vivir ensoñaciones cándidas que perdían su encanto con la misma rapidez que las burbujas de jabón estallan en los parques abarrotados de niños un domingo soleado; una cosa era vivir mientras los días se sucedían en relaciones que ofrecían lo mismo de siempre y siempre lo mismo, día tras día; una cosa era vivir de flirteos ocasionales que no pasaban de miradas intencionadas y sonrisas culpables, pero ¿el amor?

Había escuchado en innumerables ocasiones una historia sobre el amor y la locura, que un cuentero un tanto conocido, contaba en las rutas de transporte público de la ciudad y aunque le parecía bella y la entendía con la lógica de la razón, esa sensación era desconocida. Había leído historia tras historia de romances trocados y otros con un buen final, y aunque desde que era niña le habían gustado, no podía decirse que la habían impresionado favorablemente, o por lo menos no más que los libros plagados de batallas épicas, magias desconocidas y personajes míticos que seguía imaginando cómo manipular si ella llegaba a escribir un libro.

Había visto sufrir a las personas por amor y había visto a unos cuantos sufriendo porque ella misma no les correspondía, entendía aquel sufrimiento como algo inevitable, o como parte de las cosas que la vida ponía delante en algún momento, pero nunca se atrevía a dar más allá de unas palmadas de comprensión y unas explicaciones llenas de lógica pero carentes de consuelo, porque nunca había conocido esa sensación.

Grabateaba hojas y hojas de historias que podían tener algún tipo de acogida, pero cuando llegaba inevitablemente a la parte en que alguno de los protagonistas debía unirse con otro en una historia que necesitara del amor para que el argumento en sí funcionara, entonces la magia de las hojas anteriores se esfumaba y aunque releyera una y otra vez lo que llevaba, no encontraba el punto en el que le parecía que el contenido era insulso y la historia fracasaba; así las hojas terminaban en la basura y los archivos olvidados en algún rincón de las interminables carpetas digitales de su caótico mundo.

Robaba algunos corazones con una sonrisa cómplice, sembraba sin proponérselo esperanzas que no estaban destinadas a prosperar, en corazones que no estaban destinados a conquistar el suyo, y era consciente de las tonterías que algunos estaban dispuestos a hacer por una posibilidad aunque fuera efímera. Pero todo no pasaba de divertirle, de parecerle un chiste más, contado por la vida en ese suceder interminable que eran sus días, y en el que el horizonte de sus sueños, se tornaba por momentos demasiado difuso como para tomarse en serio otro aspecto que no fueran esas metas que se le antojaban inalcanzables.

Él, era parte de un mundo diferente. No había sido ni de cerca el hijo consentido de ninguno de sus padres, y sus afectos para con las personas eran bastante escasos; No dejaba ver mucho de si ante nadie, y tenía a su favor la ventaja de una gran simpatía y un físico que no pasaba desapercibido.

Las había visto llorar muchas veces, a ellas. Por docenas si se quería, unas rogándole por un momento más de amor, otras lamentando que se les hubiera cruzado en el camino, y otras, una combinación de las dos anteriores; sentía algo, lástima tal vez, un poco de culpa, pero ni de cerca, ni remotamente un ápice de algo similar a aquello que parecía romperles el alma a las que lloraban por su causa.

Había conocido a muchas como él, de esas que podían denominarse sus iguales. Muchas a las que les tenía sin cuidado si a él le interesaba algo más allá de lo físico, porque a ellas no les interesaba nada más. Era un juego más interesante entonces, porque no había que involucrar nada y podía ahorrarse la misma escena de llanto que siempre se sucedía con las anteriores.

Sus metas eran algo difusas, no muy claras, pero hacía con disciplina lo que se le encomendaba y sabía hacerlo bien. Dibujaba aquellas cosas que a veces le regalaban los sueños y vivía con un desenfado natural, con ese aire de que nada de lo que alrededor sucede, importa realmente. Solía reírse de las escenas que provocaba entre dos mujeres que siempre podían creer que cada una era la más importante, pero la verdad era que al final, ninguna de ellas lo era, a menos no por más tiempo del necesario.

En una ocasión hizo durar una relación un tiempo bastante más de lo usual en alguien como él, pero en el fondo sabía que no lo hacía por voluntad, sino por la conveniencia de tener a su familia conforme y porque la costumbre trae consigo muchas cosas, que muchas veces no nos creemos capaces de dejar atrás. Sin embargo e igual que siempre, la que sufrió fue ella, y para mitigar su culpa se decía a si mismo que sufría porque quería, porque de sobra sabía con quien estaba y nadie la obligaba a permanecer junto a él.

Soñaba su vida como un acontecer de noches tras noches llenas de diversión, acompañadas de alcohol y con la presencia de mujeres que una semana después ya no importarían. Ese era su mundo y esa su forma de actuar. Gustaba de las mujeres prominentes y bellas en físico, le tenía sin cuidado lo que hubiera en sus corazones, y si acaso llegaba a importarle por un momento, no sería más que eso, un momento del que tiempo después no se acordaría

Entonces se cruzó con esos ojos. Era un medio día típico y caluroso cuando la vio llegar, no parecía ofrecer nada en particular que pudiera interesarle de más, hasta que se cruzó con los ojos color azúcar quemado que lo miraron  sin la intensidad a la que estaba acostumbrado en las mujeres, pero con un aire de seguridad un tanto atrayente y le hicieron mil preguntas que él no supo contestar. Iba sola y sus maneras en sí, daban a entender que no era muy sociable, bromeaba de forma casual, con alguien que se encontró y parecían conocerse, pero nada que diera a entender que le daba en su vida más entrada de la necesaria.

Y por alguna razón volvió a hablarle y entonces decidió sonreírle con esa sonrisa que sabía que desarmaba, y aunque en un primer momento la estrategia pareció funcionar como era lo usual, en el fondo se dio cuenta de que no era más que una amabilidad reposada, una respuesta muchas veces ensayada para ese tipo de acercamientos y que lo mismo hubiera podido reaccionar ante otra expresión, excepto porque le devolvió en el fondo de esos ojos escrutadores un atisbo de una sonrisa divertida. La vio un par de ocasiones más, la siguiente fue casi una repetición de la primera; iba sola, lo miró sin indiferencia, pero tampoco con demasiado interés y ante la misma sonrisa, le devolvió la misma mirada que más que cualquier cosa le dejó una incógnita.

La tercera vez se atrevió a hablarle y a ofrecerle algo, ella recibió la atención con la expresión inalterada en los ojos y una sonrisa un poco más divertida, tal vez cómplice. –No es la primera vez que me toca una difícil – se dijo a si mismo, y la siguiente vez que se vieron, fue ella quien le facilitó las cosas para que mantuviera el contacto. Y aunque en principio parecía que una vez más habían vencido sus tácticas, pronto se dio cuenta de que un acercamiento no necesariamente le garantizaría el triunfo.

Supo que no se había equivocado cuando intentó leer en sus ojos. No destacaba mucho por su sociabilidad y a la legua se notaba que la empresa no estaría fácil. Respondía de manera amable a sus intentos, no desalentaba ninguna iniciativa, pero tampoco parecía que lo invitara a seguir adelante. Desplegó entonces su arsenal completo y pudo adivinar que algunas aproximaciones le derretían la expresión, pero no suficiente como para caer en la trampa, guardaba una distancia más que prudente y la primera vez que la invitó a salir, aceptó sin hacerse rogar mucho, pero el desarrollo de las cosas no le dio el resultado habitual.

Se decidió entonces por arriesgarse en serio, aunque solo fuera por conseguir lo que quería, ella aceptó con un entusiasmo bien medido, sin mostrarse eufórica. Y entonces las barreras empezaron a caer.

Aquel le pareció uno más de aquellos que se arriesgaban a ver qué podían conseguir. No tenía mucha experiencia con los hombres, porque como ya hemos dicho, oportunidades no se había dado. Pero conocía por sus muchos amigos del sexo masculino, de lo que podían ser capaces y la verdad fuera de la sonrisa bonita, no hubo nada que la impresionara demasiado, fuera –claro está – de la innegable coquetería que le pareció más un defecto. Lo vio otras dos veces; a la tercera le dio algo, que le pareció un bonito detalle y supo alegrarle el día. La siguiente vez le facilitó las cosas, más por curiosidad de ver hasta donde llegaría, que por un interés propio que la estuviera inquietando. No tardó en estar segura de sus suposiciones, y una vez más decidió seguir la cuerda, más por la satisfacción de dejarlo como a otros, con un palmo de narices y ¿por qué no? Tener una historia divertida que contar en alguno de los textos, que sí le funcionaban.

Sus avances de ternura le parecían un tanto falsos, como puestos allí con el único fin de llegar al objetivo; no la convencía aquella candidez que mostraba ante muchas cosas y se mantenía estoica ante ciertas expresiones, aunque como siempre le asaltaba la misma culpa, de si no se estaría mostrando muy dura con alguien sincero. Pero su intuición no se equivocaba y decidió seguirla. Estaba sola en aquel momento y como siempre, obsesionada con los mismos sueños difusos que quería lograr a cualquier precio, por lo que un posible romance no atormentaría sus noches de ningún modo. Le planteó las cosas cuando hizo la pregunta que esperaba desde la primera sonrisa y le sorprendió que no saliera corriendo por donde había venido, pero no lo suficiente como para ceder ante sus avances.

Un día de Junio, le dijo que formalizaran aquello que les estaba pasando y para lo cual, ninguno de los dos tenía un nombre. Ella aceptó y decidió ver lo que pasaría. Entonces fue cuando un tiempo después se dio cuenta de que los mismos textos que antes se le antojaban deformes y sin sentido, de alguna forma empezaban a cobrar vida; las palabras se agolpaban por salir a borbotones de la pluma y el teclado y de algún modo él empezó a importarle más de lo que quería aceptar, aunque en el fondo lo siguiera viendo como el inmaduro coqueto que le sonrió sin motivo. Se dio cuenta de que sentía algo diferente, pero no se atrevió a darle un nombre, porque le aterraba lo que significara.

Había logrado su objetivo, y ahora podía retirarse, pero no lo hizo; por alguna razón se quedó a esperar lo que sucedería. Se decía a si mismo que quería ver lo que la vida podía ofrecerle y permaneció allí, aunque por ratos le hartaran aquellos arranques de mujer difícil y aquel carácter, que no obstante el suyo propio, le parecía de los mil demonios. No se dio cuenta en qué momento perdió el interés por divertirse en las noches, por conseguir en muchas, aquello que sería mil veces mas fácil que en la que le provocaba más de un quebradero de cabeza, y esa obsesión por los libros y el intelecto, que le podía resultar atractivo, pero a veces inaguantable. Se dio cuenta de repente que se divertía con ella, en aquellos mismos planes, pero sin buscar aquello que antes no le parecía suficiente en otras. Se sorprendió a si mismo peleando por ella y por quien se atreviera a decir algo en su contra, y con su cerebro negó mil veces aquello que su corazón le decía a gritos.

Y un día se encontraron los dos llorando, con el corazón a punto de explotar y sabiendo que darían lo que fuera el uno por el otro, y como un susurro en el viento a ella, la mujer difícil que no conocía el amor, y él el hombre libertino al que amor, era lo que le había sobrado aunque lo rechazara, les vino a la mente aquella frase pronunciada mil veces, en aquellos cuentos perdidos que recordaban como dulcemente: ‘desde entonces el amor es ciego, y la locura es su acompañante.’

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