Comienza un nuevo año, nuevos retos, nuevas sorpresas esperando a la vuelta de la esquina.

Siempre los primeros días de enero son de dietas, gimnasio, comer sano y portarse bien. Buscar trabajo, cuidar el propio, intentar con todo el corazón cumplir esos propósitos de la noche del 31 de diciembre. Nos juramos no repetir los errores ni darle importancia a los infortunios del 2013. Pero antes de terminar enero, más de la mitad de esa docena de propósitos ya se fue a la basura.

Ya le llamaste a tu ex, ya te empacaste dos bolsas de papitas, una dona de chocolate y un refresco; el gimnasio te aburrió o hace demasiado frío como para seguir saliendo a correr, justo como el año anterior.

Lo cierto es que a fin de cuentas, no importa cómo empieces el año, sino cómo lo termines. No importa cuáles hayan sido tus propósitos de año nuevo, sino qué lograste el año anterior. Es cierto que un nuevo año es una nueva oportunidad de empezar, de aprender y crecer, pero creo que nos olvidamos e también agradecer y valorar lo que el año anterior nos dejó.

Por muy malo que nos haya parecido, seguramente nos dio enseñanzas, sonrisas y buenos ratos. Nos dio crecimiento, autoconocimiento y lecciones de vida que antes nos eran desconocidas. Conocimos gente que, para bien o para mal, marcaron nuestra vida con el simple hecho de aparecer en ella, o quizá nos despedimos de otros que no estaban destinados a ser parte de nuestro futuro.

Quizá dices odiar tu trabajo, pero agradece que tienes uno. Quizá tuviste problemas y discusiones con alguien que quieres, pero esa persona está viva y bien. Quizá subiste unos cuantos kilos, pero disfrutaste de cenas y pláticas deliciosas con tus amigos. Quizá un amor se fue, pero lo tuviste y te hizo feliz durante un tiempo.

Así que sí, este 2014 es una gran oportunidad de comenzar de nuevo y lograr cosas diferentes, sin perder de vista todo lo que el anterior nos enseñó, aunque no hayamos querido.

Por eso reza la canción, y reza bien: “Yo no olvido al año viejo, porque me ha dejado cosas muy buenas…”

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