Y así te deje de extrañar. Poco a poco y sin motivo deje de soñar con tus ojos y con el movimiento casi hipnotico de tus manos sobre mi cuerpo. Deje de añorar tu respiración en mi cuello y deje de ver tus ojos al cerrar los mios, no sé si mi mente se puso de acuerdo con mi corazón para borrar tu imagen pero funciono.

Funcionó por la simple razón de que tú ya no tienes lugar en mi vida, porque tu sonrisa resultaba tóxica y de nada me servía conservarte cuando en el fondo tú nunca hiciste nada que fuera digno de recordar. Porque simplemente con tus palabras comprendí que todos esos detalles no eran más que una actuación barata, parte de un montaje que sólo por momentos sentí como algo real.

Al final valoró más la mancha de vino tinto sobre la alfombra porque al menos es auténtica, visible y hace mas palpable el “para siempre “ que prometiste con tus besos, esos besos falsos y divididos. ¿Quién iba a decir que “siempre” duraba menos que un suspiro? “Siempre” duro algunos años, “siempre” fueron unos segundos en la cama, el único lugar donde nos sentía unidos.

Quiero decirte que ya no puedo recordar como era tu risa, ya no cierro los ojos para escuchar tu voz. Ahora sé que yo también mentía, “siempre” no guarde nada, “siempre” si fuimos algo desechable. Como ese cuaderno lleno de boletos de cine, como las cartas y las estrellas de colores que recibiste. Tan desechable como tus promesas y tu manera de mentir con destreza, y ¿sabes? Siempre prefiero el café y el cigarro a tus besos, pues a fin de cuentas dejar mis vicios por ti no valía la pena.

Y sí, me rindo en este intento de lo que fuimos tú y yo, de mi necesidad por escucharte por las noches, de ser la única tonta que tenía esperanzas en nuestro amor, de ser la que daba todo. Me rindo y regreso a mi vida de siempre, como si no te hubiera conocido pues al final me resta decir que el día que el amor se comparé con un café pues me lo tomaré enserio.

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