Me negaba rotundamente a creerlo. La necedad me cegó y la indecisión me orilló al vacío. Tu amor es mi motor; aún cuando me cuesta aceptarlo. No concibo aún la idea de pasar mis días sin tu calor. Extraño tus mimos y atenciones. Lloro cada que imagino mi futuro sin tus caricias, pero mi orgullo puede más que la razón.
   Nuestro amor está al borde del abismo. Las grietas en mi corazón ya no pueden ocultarse; una serie de pésimas decisiones me ha mandado a la lona. Si de algo puedo alegrarme es que al fin te desprendiste de mí: tu cáncer. Lamento todo el daño y penurias que te hice pasar; hoy comienzo mi condena.
   Y la sacudida será brutal. Me espera un terremoto sentimental con más lágrimas que esperanzas. Me reduciré a escombros y mis ilusiones quedarán sepultadas: hechas trizas. No volveré a sentir tu respiración en mi pecho; mucho menos podré besar tu frente con un querer sincero. Dejaré de ser ese hombre que te deslumbraba con estúpida espontaneidad.
   Pasarán los años y viajaré con nostalgia a nuestro pasado. Cada amanecer en que cruzábamos miradas al interior del salón de clase. Ahora el único contacto de esa naturaleza lo mantengo con mi almohada; la observo recordando tu voz y procedo a empapar mis penas y humedecer los ojos.
   Apostaré por el caballo más flaco y viviré con mi soledad a cuestas: justo como antes de conocerte. Respiraré con aires de tristeza y andaré sobre el camino con tremenda nostalgia; arrastrando los pies como tanto te molestaba, sólo para imaginar lo agudo de tu voz y tu mirada retadora.
   Dibujaré tu tímida sonrisa en el interior del cenicero. Abordaré el colectivo esperando escuchar tu voz. Andaré por los pasillos buscándote con la mirada; la discreción es lo de menos cuando te sientes incompleto. Con más pesar que orgullo miraré al pasado, recordando lo vivido y viviendo de recuerdos.
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Nostálgico poro a poro. Siempre apasionado, de decisiones precipitadas y metas quizá inalcanzables. Las letras son mi salida de emergencia ante cualquier tipo de problemas. La vida me ha orillado a un estado de pesimismo casi por automático del que sólo puedo escapar cuando mis dedos recorren la fría superficie del insensible teclado.

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