Ella una maestra de escuela de veintiséis años recién cumplidos, cabello rojizo, largo y ensortijado en las puntas, piel blanca, en su nariz y mejillas unas cuantas pecas que seguían en el cuello hasta llegar a los hombros; pecas, que cualquier enamorado estaría dispuesto a contar así le llevara toda la vida. Él, un niño de escasos siete años, le encantaba jugar fútbol en el estadio de arena todos los fines de semana y amaba subirse en su bicicleta para ir al colegio, travieso como ninguno, pero aplicado en sus deberes, de nariz achatada y cabello negro por el que peleaba con sus papás por dejarlo crecer.

Una tarde calurosa, de esas que ni las aves se dejan ver en el cielo, en las que no hay ni la más leve brisa; esa tarde estaba como siempre la maestra dictando su clase de fracciones, cómo multiplicar, cómo restar y cómo sumarlos entre sí, muy concentrada en su labor y preocupada que todos sus alumnos entendieran la lección que les dictaba; pero su mente, la de él estaba en otro mundo un mundo de fantasía, en la que era mayor, ya no era ese niño que aunque travieso, indefenso; no, ya no se preocupaba porque perdió su partido pasado y pensaba en el siguiente, en la revancha; ahora su mente estaba fijada en su trabajo imaginario, sus deberes como piloto de aviación, que era lo que quería ser en un futuro próximo, aunque el fútbol en ese momento era su afición, era solo eso, porque no pensaba vivir de ello.

Mientras pensaba en todo eso hacía un avión con una hoja que arrancó bruscamente de su cuaderno, con la que todo el salón volteó a mirarlo, pero él en su mundo ni cuenta se dio, pero llamó la atención de ella y desde entonces quedó preocupada por lo que este niño estuviera pensando, es cierto, no prestaba atención a la clase, muy raro en él pero no mencionó nada al respecto pues por ser buen alumno no quería llamarle la atención delante de sus compañeros, pero sí quedó preocupada pues no era el niño atento de siempre, estaba como ido, ¿tendría problemas en su casa?

Ella continuó la clase pero seguía preocupada por su alumno favorito, ese niño travieso que hacía bromas y participaba en clase, él seguía en su ‘trabajo’, trabaja en ese avión de papel, hacía cada doblez con tal esmero y delicadeza que temía que si lo hacía mal el avión caería y él y su tripulación estarían perdidos, al terminarlo lo miraba desde todos los ángulos y entonces empezó a hacer los acabados finales, tomó sus colores y prosiguió a pintarle franjas amarillas y rojas en sus alas, encima era totalmente amarillo, al terminar volvió a mirarlo detalladamente para estar seguro que todo estuviera perfecto.

Era el mejor avión de papel que se haya visto, y justo en ese momento suena la campana para salir a descanso, todos los niños salieron corriendo pero él le estaba haciendo su último detalle, ella desde la puerta del salón lo llamó y le dijo que era hora de salir, él se levantó y le entregó el avión a la profesora, ella sorprendida al ver tan hermosa obra le dijo literalmente: ‘ese avión tan hermoso debía estar surcando en el cielo’, el niño sin decir nada salió corriendo a jugar con sus amigos, ahora, era el de siempre, ese niño travieso, ella miró el avión, los colores y dobleces eran perfectos, miró el avión por debajo donde había una inscripción de decía: ‘Profesora este avión no está en el cielo porque tú eres mi cielo’.

Autor de imagen: Jozsef Szasz-Fabian

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