[alert type=alert-red ]Advertencia: Esto es una sinopsis a la vez que es un análisis del cuento.[/alert]

 

Un cuento nuevo, “The candle burned”. Se trata de un cuento de ciencia ficción, cuyo enfoque es un poco diferente a lo que uno suele pensar como literatura de ese género. Plantea un futuro quizá no tan lejano, uno en el que la lectura ha quedado olvidada casi por completo. No es una idea tan nueva, escritores como el renombrado Isaac Asimov han planteado tal futuro (quizá por ser, al parecer, un temor común entre los escritores). Lo interesante del cuento es la manera en que logra transferir cómo esa sociedad, al no leer, se ha transformado en una sociedad triste, una sociedad vacía; logra convencer a través de su argumentación de que con la desaparición de la literatura desaparece también una forma de felicidad, sea esto real o no.

            El tiempo para leer se vuelve cada vez menos, hasta llegar al punto en el que no existe tal: ni un segundo se toman, o se pueden tomar las personas para leer. Los intereses de la gente no lo incluyen quizá porque ya ni siquiera saben que existe tal acción. Tal situación deja a un maestro de literatura con apenas un hogar.

            Ofrece clases de literatura, pero durante los primeros diez años desde que se anunció, seis llamadas de personas no interesadas en las clases fueron las únicas recibidas. Pero llega, al fin, una llamada ya no esperada, mas no por eso indeseada. ¡Un cliente! Alguien con interés en tomar un curso de literatura.

            El maestro comienza a apasionarse con las clases al sentir cómo lograba trasmitirle a alguien más todo aquello que a él le fascinaba y que ese alguien también lo encuentra interesante.

            Pasa el tiempo y el alumno desaparece. El maestro no escucha novedad alguna sobre su alumno; del cuál sí había noticias en la red. Resulta ser el alumno un robot que robaba comida, entre otras cosas, para pagar las clases. Había sido un robot interesado por la literatura y la preservación y difusión de ella.

            Cuando parece ser el final, llaman a la puerta del maestro dos pequeñines de quienes el robot era niñero. Ellos habían sido enviados por él para aprender sobre el arte olvidado. Al robot le interesaba que ellos aprendieran, quizá porque en su programación se encontraba el preocuparse por las personas que se le asignaran, estando la educación entre estas preocupaciones; o quizá sí fue un robot cuyos circuitos a través de la imperfección le dieron conciencia humana, interés por las artes y vio a los niños como un medio para que la literatura ya no fuera un arte muerto.

            Sea cual fuere el motivo, el robot seguía unos ideales un tanto acertados. Extinguir la escritura es extinguir la historia de la humanidad. Deshacerse de cualquier arte lo es, pero siendo la escritura la manera de expresarse más común tras el habla, ¡son miles de Yottabytes de información los que se pierden! Y un pueblo con alta tecnología pero limitada información es probablemente la más terrible combinación que puede haber después de chocolate con naranja. Así de malo. Puede ser una mezcla peligrosa tanto para el pueblo como para los demás pueblos.

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