Torsos desnudos arrastrándose lentamente, usando sus brazos para impulsarse, sus bocas gruñendo. Sus piernas habían quedado en algún lugar, muy lejos de donde ahora se apoyaban sus barrigas. Otros más corrían, esos era de los que había que cuidarse. Eran pocos, pero si se unían, eran prácticamente indestructibles.

Yo miraba desde la pequeña rendija de la bóveda de seguridad en el quinto piso de un edificio. No podían entrar ahí. Yo tenía dos garrafones de agua y un montón de latas de conservas, un balde, dos cobertores y un botiquín de emergencias, además del arma que robé del cadáver del que alguna vez fue el guardia. Yo iba a sobrevivir.

No pensaba cometer las mismas estupideces que todos los idiotas de las películas de zombies. Yo no iba a salir a buscar a mi familia ni amigos, a mi novia yo mismo le volé la cabeza con una pala cuando intentó comerme y, sobre todo, no iba a abandonar ese refugio seguro a menos que no fuera indispensable. Aunque, pensándolo, prefería morirme de hambre encerrado ahí que exponerme a convertirme en uno de esos bichos repugnantes que llenaban las calles.

Los veía desde ahí, arrastrando los pies, con los ojos en blanco. No respiraban, sólo sacaban el aire en forma de gruñidos y uno que otro chillido. Ni cómo adivinar de dónde salieron. Un virus, una mutación, la radiación, vudú, un castigo de Dios. Todo sonaba tan ridículo como creer que la humanidad iba a sobrevivir. Al menos aquí.

Me comí una barra de cereal y me acomodé en el rincón más alejado de la puerta de la bóveda. Estaba rodeado de dinero, joyas y ridiculeces que a la gente le gusta guardar. ¿De qué les servía ahora todo ese dinero? Saqué un cigarrillo, pero entonces recordé la alarma contra incendios de la bóveda. Carajo. Algo malo debía de tener. Me gustaba la paz que tenía ahí y no quería que la alarma reuniera a todos los zombies de la ciudad en mi piso.

Empecé a cabecear, con la tonada de una canción pop de los 80 en mi cabeza, a lo lejos, se escuchaban gritos de la gente que apenas empezaba a morir. Sin darme cuenta, me quedé dormido.

Abrí los ojos. Una sombra se acercaba hacia mí, lenta y errante.

Había olvidado que el abuelo es sonámbulo.

(El título original era Sueños de zombie o porqué no ver más de seis horas seguidas de cine de muertos vivientes).

Imagen propiedad de AMC.

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