Estaba sentada de frente a la ventana en un día como cualquiera con la novedad de que esa vez llovía, la ligera brisa alcanzaba a tocar mi rostro junto con el viento que soplaba como si hiciera ya mucho tiempo hubiera estado deseoso de sacudir todo a su paso.

En ese sitio, encerrada en mis propios pensamientos, algo propio de cuando te sientes totalmente fuera de lugar, escuchas los murmullos a lo lejos, parece que alguien dice algo pero no le encuentras mucho sentido e incluso cuando se dirigen a ti te limitas a responder casi casi para tus adentros.

Lo único que llamaba mi atención en ese instante era una pequeña jaulita algo oxidada en el que se podía ver un diminuto plato vacío en el centro, además de tres pajarillos, dos de ellos bastante calmados posados sobre una vara que colgaba de la jaula mientras que el otro se azotaba bruscamente contra todo lo que podía y agitaba sin parar sus alas como si quisiera imitar al viento que soplaba fuera.

Al ver esa escena sentí un escalofrío tremendo seguido de cierto enfado, fue como si por un segundo me pusiera en el lugar de aquel ave, atrapado día y noche junto con otros dos en un espacio ridículamente minúsculo que apenas te permite moverte todo para ser la mascota de alguien a quien le importa menos que poco el si tienes al menos un poco de alimento o agua.

No imagino lo frustrante que debe ser tener un par de alas con las cuales podrías elevarte tanto como te fuera posible y tener la libertad de viajar a tanto lugar te plazca pero sin embargo te obliguen a ver el mismo escenario noche y día, que lo máximo a la que aspires sea ver a través de una detestable reja un amplio paisaje por explorar que tal vez jamás llegarás a disfrutar gracias a alguien que te cortó las alas porque le pareció que serías un buen adorno para su sala.

Y si nos ponemos a reflexionar esta imagen se repite constantemente, en un mundo en que nos sentimos tan superiores a las demás especies que nos damos el lujo de asesinarlas para vestir sus pieles, de quitarles su libertad, apartarlas de su hábitat solo para que se vean “bonitas” como si habláramos de un simple cuadro que se pega en la pared o una caja vieja que tienes en tu casa, que sabes que ahí está, pero no le das la mínima importancia. O como uno de los mayores actos de crueldad, somos capaces de asesinar a un ser vivo solo por “deporte” o entretenimiento.

Ese día hice o que me parecía lo más correcto, tomé la jaula, salí al jardín y sin pensarlo simplemente la abrí. Las aves salieron un tanto temerosas, como un niño cuando da sus primeros pasos, analizando todo alrededor pero cuando por fin se sintieron listas cada una tomó un camino diferente entre las ligeras gotas de lluvia y el arcoíris que comenzaba a vislumbrarse a lo lejos, tal vez la travesía no sería fácil y tendrían que sortear toda clase de adversidades, pero libres al fin, como nunca debió dejar de ser.

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Samantha Rocha
Imágenes:  http://3.bp.blogspot.com/

 
 
 

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